En la comisión del Senado no querían oír la verdad: todos fallaron en la riada

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Lo que se vivió en la comisión del Senado sobre la riada fue tan revelador como desolador. No por lo que se dijo, sino por lo que algunos no querían escuchar. Allí se habló claro. Sin adornos. Y eso, en según qué espacios, molesta.

La verdad es incómoda: el Estado no estuvo cuando más falta hacía. Ni el primer día. Ni el segundo. Ni el tercero. Y eso no es una opinión, es un hecho vivido sobre el terreno por policías que acudieron voluntariamente, fuera de servicio, pidiendo días libres porque nadie los envió.

En mi comparecencia expliqué algo muy simple: llegué tres días después por mis propios medios y lo que encontré fue una zona devastada, una catástrofe de dimensiones inmensas y prácticamente ningún recurso estatal desplegado. No había coordinación, no había presencia suficiente, no había respuesta acorde a la gravedad de lo ocurrido.

Desde la Confederación Española de Policía se había solicitado el despliegue de unidades. No se atendió. Y cuando uno cuenta esto ante senadores, ocurre algo curioso: empieza el juego de repartir culpas. Que si la responsabilidad era de una administración u otra. Que si el CECOPI no pidió ayuda. Que si no tocaba.

Ahí es donde hay que decir basta. En otras catástrofes el Estado actuó sin que nadie lo pidiera. Pasó en La Palma. Pasó con Filomena. Pasó en el gran apagón. Aquí no. Y eso exige una explicación.

Lo planteé de forma muy clara:
¿De verdad se está diciendo que si el órgano de coordinación colapsa, el Estado queda paralizado? ¿Que una policía nacional con capacidad de desplegarse en todo el territorio no puede actuar ante una tragedia que afecta a varias comunidades autónomas?

Ese argumento no se sostiene. Y cuando se expone así, algunos senadores prefieren no preguntar. O atacar sin permitir réplica. Porque la verdad rompe el relato.

En la comisión se evidenció algo más grave todavía: han muerto más de 200 personas y decenas de miles han visto su vida arrasada, y aun así hay políticos más preocupados por proteger siglas que por asumir responsabilidades. Eso es inaceptable.

Lo dije sin rodeos: fallaron todas las administraciones. Todas. Pero lo que no se puede hacer es exculpar al Estado cuando tenía medios, experiencia y obligación de actuar. No estamos hablando de una riada local. Estamos hablando de una emergencia de gran escala.

Y sí, también hubo algo más que se contó y que incomoda: los primeros en aparecer no fueron los recursos del Estado, sino delincuentes. Saqueos, robos, caos. Mientras tanto, quienes podían haber protegido a la población no estaban.

Decir esto en el Senado no gustó a todos. Pero alguien tenía que hacerlo. Porque si no se puede decir la verdad en una comisión parlamentaria, entonces el problema ya no es solo la gestión de una catástrofe. Es la degradación institucional.

Yo fui allí a cumplir con mi deber. A explicar lo que vi. A representar a quienes estuvieron en el barro cuando otros miraban para otro lado. Y si eso incomoda, es porque señala fallos que algunos prefieren ocultar.

La verdad no debería ser valiente.
Debería ser normal.

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