Presos políticos: la moneda de cambio más cruel del régimen

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Hay una palabra que el régimen venezolano ha vaciado de contenido: liberación. La usan como propaganda, como gesto diplomático, como coartada. Pero en realidad, nadie sale libre. Algunos simplemente dejan de ser útiles como rehenes durante un tiempo.

Porque de eso hablamos. De rehenes. De hombres y mujeres encarcelados no por lo que hicieron, sino por lo que representan. Militares, periodistas, opositores, ciudadanos incómodos. Personas convertidas en fichas de negociación mientras el mundo mira hacia otro lado.

Aquí no hay procesos judiciales dignos de ese nombre. Hay cálculo, hay castigo y hay venganza. Y sobre todo, hay familias destrozadas, condenadas a vivir pendientes de una lista, de un rumor, de una llamada que casi nunca llega.

Mientras en despachos internacionales se habla de avances, en las cárceles venezolanas el tiempo está detenido.

Según los datos expuestos en el programa, en Venezuela hay más de 880 presos políticos. No es una cifra simbólica ni una estimación vaga. Es un número que se mueve, que sube y baja, en función de los intereses del régimen.

En los últimos movimientos, solo una decena de presos ha sido liberada, mientras centenares siguen encarcelados en condiciones extremas. Entre ellos, al menos 23 militares desaparecidos, sin comunicación con sus familias y sin fe de vida confirmada. No figuran oficialmente como fallecidos, pero tampoco como vivos. Simplemente, no existen.

A esta lista se suman más de 20 periodistas encarcelados, profesionales cuyo delito ha sido informar o no plegarse al relato oficial. Algunos llevan meses sin ver a sus abogados. Otros han pasado largos periodos sin contacto con el exterior.

Las excarcelaciones no responden a criterios humanitarios ni legales. Responden a estrategias de presión internacional. Cuando el régimen necesita oxígeno diplomático, libera a unos pocos. Cuando siente que ha recuperado margen, cierra el grifo.

En este contexto, los presos políticos se utilizan como moneda de cambio: para negociar sanciones, para ganar tiempo, para dividir a la oposición y para vender una imagen falsa de apertura.

Las familias viven en una vigilia permanente. No saben quién será el próximo en salir… ni si alguno de los que siguen dentro saldrá con vida. La incertidumbre es parte del castigo. El silencio, también.

Y hay un dato clave: la orden de liberar presos no siempre se ejecuta. Aunque desde Estados Unidos se ha presionado para determinadas excarcelaciones, el bloqueo interno es real, y las decisiones finales dependen de luchas de poder dentro del propio régimen.

El resultado es un sistema cruelmente eficiente: pocos liberados para muchos titulares, cientos de encarcelados para mantener el miedo.

Conviene no engañarse. Cada preso político que sigue en una celda es un fracaso colectivo. De la diplomacia blanda, de las palabras vacías y de la comodidad internacional.

No estamos ante un problema del pasado ni ante una cuestión ideológica. Estamos ante personas reales, hoy, ahora mismo, encerradas porque alguien decidió que su libertad era negociable.

Y mientras eso siga ocurriendo, no hay normalización posible. Solo hay una verdad incómoda que muchos prefieren no mirar: en Venezuela, la libertad tiene precio… y lo paga siempre el mismo.

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