Irán: cuando el silencio de Occidente protege a una dictadura
Hay que mirar a Irán. Hay que hacerlo aunque incomode, aunque no esté de moda, aunque no dé réditos ideológicos. Porque lo que está pasando allí es brutal y porque el silencio de muchos aquí es ensordecedor.
Estamos hablando de un país moderno que fue devuelto a la Edad Media por una teocracia. Un régimen que mata, encarcela, viola y ahorca, mientras algunos de los que se financiaron con su dinero callan. Y no callan por ignorancia. Callan por conveniencia.
En Irán llevamos más de quince días de protestas, con 500 muertos y más de 10.000 detenidos. Un país donde se ejecuta a una persona cada dos horas. Donde 50 mujeres han sido asesinadas en un solo año por el Estado. Y, sin embargo, no vemos campañas, no vemos flotillas, no vemos grandes gestos. ¿Dónde están los feministas, la izquierda caviar, los artistas comprometidos? Callados.
Gracias a las redes sociales sabemos lo que ocurre pese al cierre informativo. Sabemos que la gente busca comida en la basura, mientras los oligarcas del régimen huyen a Europa, llegan a España, se instalan en Marbella, con maletines llenos de billetes de 500 euros, viven con protección y bajo otros nombres. Sabemos quiénes son.
Hablamos con Nazanin Armanian, politóloga y escritora iraní, que explica por qué ahora. Inflación del 65%, sueldos pulverizados, moneda hundida, 85% de la población bajo el umbral de la pobreza. El dato clave: el bazar, base económica del régimen, se ha rebelado. Cuando la base económica se levanta contra el poder, el sistema tiembla.
El régimen ha destruido la clase media, ha cerrado fábricas, ha convertido el país en un mercado corrupto controlado por los guardianes islámicos. Mientras tanto, invierten miles de millones en armas y en vigilar el velo, incluso a niñas de seis o siete años. Eso no es religión. Eso es control.
Y aquí llega la hipocresía europea. Gobiernos que dan lecciones de democracia mientras reciben con alfombra roja a carniceros y blanquean dictaduras. Irán no es un caso lejano. Es un espejo incómodo.
Esto no va de izquierda o derecha. Va de dignidad, de verdad, de no mirar hacia otro lado cuando matan mujeres y ahorcan disidentes. Porque el silencio también mata.
Y lo que está ocurriendo en Irán no ha terminado. Puede acabar mal, puede acabar bien, pero ya no hay marcha atrás. El régimen está agotado, sin discurso, sin legitimidad. Y aunque intenten aplastarlo todo, hay imágenes que ya son eternas: mujeres sin velo, fumando en la calle, frente al rostro del ayatolá. Eso no se borra.
Esto no es propaganda. Es lo que está pasando. Y aquí lo vamos a contar.
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