“Echarán la culpa a los soldadores, pero ellos no son los culpables”

Un vehículo todoterreno de ADIF para explorar el Cercanías y la línea del AVE. | Imagen de The Objective
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Desde el primer día lo dije en este programa y el tiempo, desgraciadamente, nos está dando la razón.
El descarrilamiento no fue un accidente inevitable. Fue la consecuencia directa de una chapuza técnica y una cadena de negligencias.

Ahora ya lo sabemos con certeza: falló una soldadura. Una soldadura de riesgo.
Y empiezo dejando algo muy claro, porque ya conozco el guion: intentarán cargarle el muerto al último de la fila. Al soldador. Al técnico. Al trabajador.

Y no. El soldador no tiene la culpa.

Lo ha explicado con absoluta claridad Diego Franco, fabricante de carril y profesional con décadas de experiencia en construcción de vías ferroviarias.
Sus palabras no dejan margen a la duda: el soldador hace lo que le ordenan. Si no se fijan protocolos, tiempos, controles ni revisiones, no se le puede responsabilizar del desastre.

Aquí se soldó un carril con más de 30 años con otro prácticamente nuevo.
Eso, cuando se hace —porque no es lo habitual— exige proporciones exactas, materiales específicos y controles continuos, ya que se trata de una soldadura frágil.
Nada de eso se hizo.

La inspección por ultrasonidos que debía haberse realizado no aparece.
O no se hizo, o se está elaborando a posteriori. Ambas opciones son gravísimas.

Y hay más.

El balasto —las piedras que sostienen las vías— era reciclado y tenía décadas de antigüedad, algo no recomendado en líneas de alta velocidad.
Es como construir una casa sobre cimientos viejos y esperar que no se caiga.

Diego Franco lo explicó con una claridad demoledora:
cuando se observa el carril partido, el alma del metal no está fundida.
Eso significa que los materiales no se aplicaron correctamente.
No es un fallo puntual. Es una chapuza.

A esto se suma otro dato que hiela la sangre:
había avisos de maquinistas los días previos advirtiendo de anomalías en la vía.
Nadie actuó.

Y luego tenemos que escuchar al ministro decir que aunque se hubiera revisado el día anterior no se habría detectado nada.
Eso, dicho con decenas de muertos sobre la mesa, es una mentira como un piano.

Aquí el problema no es el trabajador.
El problema es un sistema en el que quienes construyen, inspeccionan y supervisan son, en la práctica, los mismos.
Empresas que se revisan a sí mismas. Actas que dependen de quien tiene intereses directos. Puertas giratorias sobre raíles.

Una soldadura cuesta 350 euros.
Una vida humana, al parecer, mucho menos.

Esto se podía haber evitado.
Y cuando algo se puede evitar y no se evita, ya no hablamos de accidente.

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