«La izquierda ya no representa a la clase obrera y por eso quiere desestabilizar la democracia»
Hay frases que incomodan porque describen la realidad sin anestesia. Y eso fue exactamente lo que hizo Elena Ramallo, doctora en Derecho, durante su intervención en este programa.
Su diagnóstico es claro: la izquierda ha perdido a su electorado histórico. La clase obrera, los jóvenes y las mujeres ya no confían en ella y están votando mayoritariamente a la derecha. Ante ese fracaso político, la estrategia ya no es convencer, sino desestabilizar.
No hablamos de una opinión lanzada al aire. Ramallo explica que, cuando un proyecto político deja de tener respaldo social, busca nuevos nichos de poder aunque eso implique romper consensos democráticos básicos, atacar la familia, vaciar de contenido la ley y normalizar aberraciones que hasta hace poco eran impensables.
Lo estamos viendo en España con total claridad. La izquierda no puede ganar en las urnas como antes, así que cambia el marco. Regula la información. Señala a los jueces. Desprecia a los padres. Quita capacidad de decisión a las familias mientras amplía el poder del Estado sobre los menores.
Ramallo fue directa: cuando se normaliza que una menor pueda abortar sin conocimiento de sus padres, cuando se impide a las familias intervenir en procesos irreversibles como la hormonación, pero sí se pretende controlar redes sociales y medios, no estamos ante progreso. Estamos ante ingeniería social.
La doctora en Derecho fue aún más lejos al señalar que la desestabilización de la democracia pasa por destruir la estructura básica de la sociedad, y esa estructura sigue siendo la familia. No por ideología, sino por pura realidad sociológica. Sin familia no hay transmisión de valores, ni límites, ni responsabilidad. Y eso es exactamente lo que algunos buscan.
También explicó por qué este fenómeno no es casual ni improvisado. Forma parte de un patrón internacional en el que, al perder el apoyo de la clase trabajadora, la izquierda se refugia en minorías identitarias, en discursos extremos y en alianzas que hace años habría considerado incompatibles con los derechos humanos.
El resultado es un sistema que habla de derechos mientras recorta libertades, que presume de feminismo mientras relativiza prácticas que cosifican a la mujer, y que se presenta como garante de la democracia mientras erosiona sus fundamentos.
No es una deriva puntual. Es una estrategia consciente.
Y como advirtió Ramallo, cuando un poder político deja de aceptar el veredicto social y decide forzar la realidad para no perder el control, el problema ya no es ideológico. Es democrático.
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