“Firmé que era una mujer lesbiana para protegerme”: el caso de Manuel y el uso defensivo de la ley
Hay historias que no encajan en los titulares fáciles.
Y esta es una de ellas.
Hoy les traigo el testimonio de Manuel. O mejor dicho, de alguien que legalmente ya no es Manuel, aunque su realidad no haya cambiado.
Porque este hombre decidió registrarse como mujer. No por identidad. No por convicción.
Sino por miedo.
“Firmé una declaración jurada diciendo que me sentía una mujer lesbiana por mi propia protección.”
Así lo explica.
Y lo hizo, además, en cuanto la ley se lo permitió. Literalmente al día siguiente de su publicación.
¿Por qué alguien toma una decisión así?
Su historia empieza en 2019. Una relación sentimental que termina mal. Una denuncia.
Una acusación de violencia de género sin hechos concretos.
“Se me denunció por maltrato de forma genérica”, explica.
Sin pruebas detalladas. Sin contexto. Solo una fecha y una hora.
Y a partir de ahí, el proceso.
Detención. Juicio. Y una advertencia clara:
Si no aceptaba un acuerdo, podía acabar en prisión.
Y aquí aparece uno de los puntos más delicados del caso.
Manuel acepta.
No porque reconozca los hechos.
Sino porque el sistema le empuja a hacerlo.
“Me dijeron que si no lo admitía, me caía una más gorda.”
Resultado:
– Seis años de orden de alejamiento
– Trabajos sociales
– Tratamiento psicológico
– Y una vida completamente alterada
Él lo resume de forma directa:
“Fui completamente machacado por el sistema.”
A partir de ahí, entra el miedo.
No el miedo abstracto. El miedo real.
El miedo a que vuelva a pasar.
Y entonces toma una decisión que jamás habría imaginado:
registrarse como mujer para protegerse.
No busca ventajas. No busca beneficios.
De hecho, lo deja claro:
“No me he beneficiado de nada por ello.”
Lo hace por una sola razón:
tener las mismas garantías.
Ni más. Ni menos.
Porque según su experiencia, esas garantías no existían.
El proceso, además, fue sorprendentemente simple.
Tres documentos.
Uno de ellos, una declaración jurada donde afirma identificarse como mujer.
Nada más.
Sin pruebas médicas. Sin evaluaciones. Sin filtros.
Un trámite.
Y con eso, cambia su condición legal.
Pero no su vida.
Porque Manuel no trabaja desde entonces.
Tiene reconocida una invalidez absoluta.
Arrastra problemas psicológicos.
Y vive con una idea fija:
no volver a pasar por lo mismo.
Su caso abre un debate incómodo.
Muy incómodo.
¿Puede una ley estar generando efectos no previstos?
¿Puede estar siendo utilizada como herramienta defensiva?
¿Se están analizando realmente los casos individuales?
Manuel lo tiene claro.
“Hay que derogar esta ley y analizar cada caso concreto.”
No desde el prejuicio.
No desde categorías generales.
Caso a caso.
Porque, como él mismo dice:
“No se puede tomar la palabra de una persona como un hecho sin investigar.”
Aquí no hay eslóganes.
No hay ideología.
Hay una historia.
Una de esas que obligan a mirar más allá del relato oficial.
Y a hacerse una pregunta incómoda:
¿qué ocurre cuando el sistema, en lugar de proteger, genera miedo?
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