«Aquí permanece el régimen de Daniel Ortega porque la oposición no se une para hacer resistencia, como en España»”
Hay conversaciones que incomodan porque reflejan demasiado bien lo que somos. Y la que he mantenido con Laura Rodríguez, periodista y creadora de contenido desde Nicaragua, es una de ellas. No solo por lo que cuenta de su país, una dictadura sin disimulo, sino porque el paralelismo con España es tan evidente que duele.
En Nicaragua, el régimen de Daniel Ortega sigue en pie por una razón muy concreta: la oposición no se une. No hay un frente común, no hay estrategia compartida, no hay renuncia a los egos. Hay partidos, líderes, intereses personales… y mientras tanto, el poder aplasta cualquier intento real de resistencia.
Laura lo explica con claridad quirúrgica. En 2018, la gente salió a la calle de forma masiva. Más de 300 muertos. Protestas cívicas pidiendo derechos humanos, elecciones libres, la dimisión del presidente. ¿El resultado? Represión total. Exilio de líderes opositores. Miedo. Silencio. Y un régimen que aprendió que dividir a la oposición es más eficaz que cualquier ejército.
¿Les suena?
Porque cuando le pregunto si ve similitudes con España, no duda ni un segundo. Aquí también hay elecciones, aquí también se vota, aquí también “ganan los mismos”. Aquí también se habla de presunto fraude. Aquí también hay una oposición incapaz de actuar como bloque, atrapada en cálculos partidistas mientras el poder avanza.
En Nicaragua, el control es burdo. En España, es más sofisticado. Allí se reprime abiertamente; aquí se camufla. Allí se persigue; aquí se desgasta. Pero el resultado final empieza a parecerse demasiado.
Laura lo dice sin rodeos: cuando la oposición no se une, el régimen se perpetúa. No hace falta gustar a la mayoría, basta con que la mayoría esté fragmentada. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando cada partido cree que puede ganar solo, cuando nadie está dispuesto a ceder, cuando la resistencia se convierte en un reparto de cuotas.
En Nicaragua, además, el fraude electoral cuenta con apoyos externos, asesoramiento, tecnología y complicidades internacionales. Y cuando le pregunto si eso también podría pasar aquí, la respuesta vuelve a ser incómoda: los vínculos entre determinados gobiernos, partidos y estructuras de poder no son ningún secreto.
Escuchar a Laura desde Nicaragua no es mirar un problema ajeno. Es mirarnos en un espejo adelantado. Un país donde ya no hay margen para disimular porque todo se rompió antes. Un país donde la oposición pagó muy caro no entender a tiempo que sin unidad no hay democracia que aguante.
Por eso esta conversación importa. Porque no habla solo de Nicaragua. Habla de España. De lo que ocurre cuando se normaliza el abuso, cuando se acepta el relato oficial, cuando se confía en que “esto aquí no puede pasar”.
Sí puede. Y otros ya lo están viviendo.
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