Estados Unidos cierra la puerta a los verificadores de noticias por censura ideológica
En Estados Unidos se ha tomado una decisión que marca un antes y un después en la batalla por la libertad de expresión. Y no es una exageración. Washington ha decidido restringir la entrada al país a los llamados verificadores de noticias, una industria que durante años ha actuado bajo la apariencia de neutralidad, pero con una carga ideológica cada vez más evidente.
La medida parte directamente del Departamento de Estado, y ha sido explicada con claridad en este programa por Guillermo Rocafort, doctor en Economía, que lleva tiempo analizando el papel real de estos verificadores. Según ha detallado Rocafort, el secretario de Estado Marco Rubio ha enviado una circular a todos los consulados estadounidenses instruyendo a restringir al máximo el acceso y los visados a personas que hayan trabajado como fact-checkers o moderadores de contenidos.
El argumento oficial es contundente: estos perfiles son considerados un peligro para la libertad de expresión de los ciudadanos estadounidenses y contribuyen activamente a la censura, no a la información. Por ese motivo, Estados Unidos ha decidido cerrarles la puerta, del mismo modo que se hace con otros perfiles considerados una amenaza para los derechos fundamentales.
Rocafort ha explicado que la restricción afecta incluso a visados de trabajo específicos, como el H-1B, utilizado por profesionales extranjeros para ejercer este tipo de labores en territorio estadounidense. No se trata, por tanto, de una decisión simbólica ni de una advertencia retórica, sino de una política de Estado con efectos reales e inmediatos.
Conviene recordar cómo nace esta figura. En origen, los verificadores surgieron para analizar si un cargo público mentía o decía la verdad. Una función legítima. El problema es lo que ha ocurrido después, especialmente en Europa y en España: han dejado de fiscalizar al poder para centrarse en señalar y desacreditar a periodistas y medios críticos, etiquetando como “bulo” informaciones que, en muchos casos, terminan confirmándose.
Donald Trump conoce bien este mecanismo. En 2020 fue cancelado, silenciado y expulsado del debate público en redes sociales bajo el paraguas de la “verificación”. Hoy, con el control institucional recuperado, responde con una lógica de reciprocidad: quien se dedica a censurar no tiene cabida en un país que dice defender la libertad de expresión.
Rocafort lo ha resumido de forma muy clara: igual que Estados Unidos no permite la entrada a delincuentes, asesinos o violadores, tampoco está dispuesto a permitir la entrada a quienes han hecho de la censura su profesión. Y eso tiene consecuencias directas para figuras muy conocidas del ecosistema mediático europeo.
Estamos ante una decisión que va mucho más allá de un visado. Es un mensaje político, cultural e ideológico. La batalla ya no es solo electoral. Es una batalla por el control del relato, y Estados Unidos ha decidido romper con un sistema que se había erigido en árbitro de la verdad sin legitimidad democrática.
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