Francisco Javier Soria: “Un niño que sufre acoso escolar da pistas de ello en casa”

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Hay una realidad incómoda que muchos prefieren no mirar de frente: uno de cada diez niños sufre acoso escolar. No es una cifra teórica ni un dato estadístico frío. Es algo que ocurre cada día en los colegios de toda España y que, cuando no se detecta a tiempo, puede dejar heridas que duran toda la vida.

Francisco Javier Soria, ex guardia civil y escritor, lo sabe porque lo ha visto en los pasillos, lo ha visto en los informes y lo ha puesto en palabras en su obra: El eco del silencio: Callar es ser cómplice. Denunciar puede salvar una vida. En ese libro —una novela de intriga y denuncia social inspirada en hechos reales que aborda el acoso escolar, las negligencias institucionales y las heridas invisibles que deja esta forma de violencia— Soria documenta cómo el silencio no protege, normaliza el sufrimiento y expone aún más al menor a su dolor.

Porque el problema —advierte Soria— es que casi ningún niño dice abiertamente “me están haciendo bullying”. Lo que sucede es que cambia. El rechazo a ir al colegio, dolores físicos sin causa médica, bajada del rendimiento académico, irritabilidad, retraimiento social… son formas de pedir ayuda sin poder pronunciarlo.

Y no se trata solo de lo que ocurre dentro del aula. Muchas veces el acoso se extiende al trayecto escolar, al recreo, al transporte o incluso a las redes sociales, donde el menor es perseguido o humillado fuera de la mirada adulta. Cuando no se actúa a tiempo, el mensaje que recibe la víctima es devastador: estás solo.

En su libro, Soria relata cómo muchos niños prefieren lastimarse ellos mismos antes que enfrentarse a sus agresores. Eso no es exageración, es una realidad recogida en testimonios y reconstruida con rigor: el cuerpo habla cuando el niño no puede hacerlo con palabras.

Y hay otra falla crítica: la pasividad de la instituciones. Protocolos excesivamente lentos, miedo a reconocer el conflicto, centros que priorizan su imagen antes que la salud del menor. Todo ello —advierte Soria— protege al acosador y abandona a la víctima.

Por eso sitúa a la familia en el centro de la primera línea de defensa. Observar, escuchar, creer y actuar no son opciones: son necesidades urgentes. Minimizar, relativizar o atribuirlo a “cosas de críos” solo normaliza la violencia y deja a la víctima sin respuesta.

Como recuerda Soria en sus palabras y en su obra, cuando un niño sufre acoso, siempre hay señales. Detectarlas a tiempo puede salvar una vida. Ignorarlas puede condenarla.

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