Los jóvenes en Venezuela son la punta de lanza que conseguirán la libertad de una vez

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Escribo estas líneas después de escuchar a Anderson Sequera, desde el exilio, con una claridad que incomoda a las dictaduras y retrata a quienes prefieren mirar a otro lado. Tiene 28 años. Podría haberse rendido. No lo ha hecho. Y representa exactamente lo que hoy mantiene en pie la esperanza de Venezuela: una juventud que ha perdido el miedo.

Los jóvenes venezolanos ya no se agachan. Ya no se arrodillan. Y eso, en un país sometido durante más de dos décadas a una dictadura, es revolucionario. Anderson lo explica con precisión: el miedo empezó a romperse el 3 de enero. Desde entonces, han sido ellos quienes han dado los pasos que nadie más se atrevía a dar.

Ruedas de prensa en pleno país pidiendo la liberación de presos políticos. Concentraciones masivas en la Universidad Central de Venezuela con familiares de encarcelados, algo que en cualquier democracia sería normal y que allí es un acto heroico. Manifestaciones en la calle tras años de persecución, no solo para exigir excarcelaciones, sino democracia real.

Hay una frase que resume todo y que no debería olvidarse: tienen más miedo a no vivir nunca en democracia que a ir a prisión.

Eso lo cambia todo.

Sequera lo cuenta desde Bogotá, adonde tuvo que huir en cuestión de horas. Señalado públicamente en televisión por el régimen, con su dirección expuesta y amenazas directas contra su familia. Salió por tierra. Sin avión. Como tantos otros. Y desde ahí mantiene la lucha política, conectado, informado y decidido a volver.

La escena que relata en la universidad es demoledora: un joven diciéndole a Delcy Rodríguez que libere a los presos políticos. Cara a cara. Sin miedo. Sin consignas prefabricadas. La reacción fue la de siempre: intolerancia al escrutinio, incapacidad para el diálogo, respuesta autoritaria. Porque las dictaduras no soportan la verdad dicha en voz alta.

Hoy siguen existiendo centenares de presos políticos en Venezuela. La llamada ley de amnistía se retrasa, se diluye, se redacta de forma ambigua. Se juega con el tiempo. Se gana oxígeno. Pero la presión no viene de la buena fe del régimen, sino de una presión internacional que ya no pueden ignorar.

Lo interesante es que, mientras la política se bloquea, la realidad económica empieza a moverse. Suben los precios de la vivienda en Caracas. Se estabiliza el dólar paralelo. Algunos alimentos bajan. No por milagros, sino por expectativas. Porque cuando una sociedad percibe que el cambio es imparable, el mercado lo anticipa.

Y hay algo más profundo, más doloroso, que atraviesa todo este relato: la fractura familiar. Millones de venezolanos celebrando cumpleaños por videollamada. Navidades a través de una pantalla. Funerales sin abrazos. Anderson no ve a su madre desde hace dos años. No por elección. Por dictadura.

Aun así, no hay rencor hacia los pueblos que han acogido a los exiliados. Sí lo hay hacia gobiernos que han blanqueado, protegido o mirado hacia otro lado. Los venezolanos saben distinguir entre pueblos y gobiernos. Y eso dice mucho de su madurez cívica.

La advertencia final es clara y no debería despreciarse, especialmente en Europa: cuando los venezolanos alertan, lo hacen desde la experiencia, no desde la teoría. Ya han vivido la película. La están viendo desde el final. Y cada vez que alguien les dijo que exageraban, el tiempo les dio la razón.

Los jóvenes en Venezuela no quieren irse. Quieren quedarse. Quieren reconstruir. Y no están dispuestos a esperar 26 años más.

Su grito es simple, directo y definitivo: miedo nunca más.

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