Sánchez entregó a Hugo Carvajal porque sabía demasiado

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Escribo esto en primera persona porque lo que voy a contar no es una hipótesis ni un comentario de tertulia. Es el resultado de años de investigación, de testimonios directos y de hechos que se produjeron ante los ojos del Estado español.

Hugo Carvajal, el hombre que lo sabía todo del régimen venezolano, vino a España, vivió en Madrid, escolarizó a sus hijos y llevó una vida normal hasta que fue detenido. Cuando comprendió que su destino era una extradición a Estados Unidos, hizo lo que haría cualquiera que cree tener una baza: hablar.

Y habló. Mucho.

Compareció ante fiscales y jueces españoles. Pidió asilo. No lo hizo para esconderse, sino para poder probar lo que estaba dispuesto a denunciar. Dio nombres y apellidos, explicó cómo se financiaron proyectos políticos en España, señaló dónde se refugiaban etarras en Venezuela, describió operaciones económicas opacas y llegó incluso a situar una mina de oro vinculada a Rodríguez Zapatero.

Todo eso lo escucharon jueces y fiscales de la Audiencia Nacional. Todo eso quedó registrado. Y no pasó nada.

El asilo solo podía concederlo Presidencia del Gobierno. Y ahí está la clave. Cuando Pedro Sánchez entendió el alcance real de lo que Carvajal sabía, entendió también el riesgo político. Porque lo que estaba sobre la mesa no afectaba solo a Venezuela. Afectaba a Pablo Iglesias, a Irene Montero, a José Luis Rodríguez Zapatero, y a socios parlamentarios cuya estabilidad es clave para mantenerse en La Moncloa.

La reacción fue fulminante.

En menos de 24 horas, de noche, sin avisar a su familia, Hugo Carvajal fue extraditado a Estados Unidos. La decisión no fue judicial. Fue política. La patata caliente, bien lejos. Lo incómodo, fuera de España.

Se creyó que, una vez en manos de la justicia norteamericana, todo lo que afectara a España dejaría de importar. Que a Estados Unidos no le interesarían ETA, Podemos o las relaciones opacas con el poder español. Un error grave.

Carvajal lleva años en prisión. Separado de su familia. Sin perdón posible. Y ahora ha decidido tirar de la manta. No como advertencia, sino como venganza. Porque hay agravios que no se olvidan.

Se le acusó en España de no aportar pruebas. Es cierto: no las entregó aquí. Y lo hizo por miedo. Miedo a que fueran destruidas y a acabar extraditado igualmente. Hoy sabemos que esas pruebas existen y que están fuera del alcance de cualquier despacho español: almacenadas en servidores digitales, con documentos, grabaciones, mensajes, vídeos y firmas.

Quedan días para que empiece a declarar formalmente en Estados Unidos. Y no va a tener piedad. Ni con Sánchez, ni con Zapatero, ni con nadie.

Durante años se miró hacia otro lado. Se optó por la cobardía institucional. Se prefirió no investigar lo que podía haber provocado un terremoto político en España.

Ahora, el hombre que sabía demasiado empieza a hablar.
Y esta vez, no hay extradición que lo silencie.

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