Venezuela: la transición fallida que Estados Unidos no termina de ejecutar

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Ayer Caracas volvió a hablar. Y lo hizo con una claridad que ya no admite matices: la llamada transición en Venezuela no está funcionando. No porque falten planes, ni por ausencia de actores internacionales, sino porque el cambio prometido no se ha materializado en lo esencial.

Han pasado tres meses desde que se produjo el movimiento que debía marcar el inicio de una nueva etapa política. Sin embargo, lo que el ciudadano percibe es continuidad. Continúan las estructuras, continúan los nombres y, sobre todo, continúa la sensación de que el poder real no ha sido alterado.

Ese es el punto de ruptura.

Las manifestaciones que se vivieron en Caracas no fueron una protesta más dentro de la larga historia reciente del país. Fueron la expresión de una impaciencia acumulada que ya no se dirige únicamente contra el chavismo, sino también contra quienes, desde fuera, han asumido el papel de garantes de la transición. El mensaje no se limitó a las figuras internas del poder. Fue, de forma explícita, un aviso hacia Estados Unidos.

Porque la percepción en la calle es clara: Washington tiene capacidad para hacer más de lo que está haciendo.

La situación actual presenta una paradoja difícil de sostener en el tiempo. Se ha producido una alteración en la cúpula del poder, pero no en su estructura. Se habla de transición, pero no hay ruptura. Se anuncian fases, pero no hay resultados visibles en cuestiones básicas como la liberación de presos políticos o la salida efectiva del entramado chavista de las instituciones.

Esa distancia entre el discurso y la realidad es la que ha llevado a una parte creciente de la población a perder la paciencia.

El elemento más significativo de lo ocurrido ayer no fue únicamente la magnitud de la movilización, sino el cambio de actitud en dos actores clave: la ciudadanía y las fuerzas de seguridad. Por un lado, los manifestantes mostraron una determinación distinta, sin el freno del miedo que durante años ha condicionado cualquier intento de protesta. Por otro, la Policía Nacional Bolivariana actuó con una contención poco habitual, con órdenes claras de evitar una escalada represiva.

Ese doble movimiento no es menor. Indica que algo se está desplazando en el equilibrio interno del país.

Mientras tanto, en el plano político, la sensación de provisionalidad se alarga sin fecha clara de resolución. La continuidad de figuras vinculadas al chavismo en posiciones de poder alimenta la idea de que la transición se está gestionando más como un proceso controlado que como una transformación real. Y en ese control, el papel de Estados Unidos resulta determinante.

La crítica que emerge desde dentro de Venezuela no es ideológica, sino práctica. No se cuestiona tanto la intervención como su alcance. Se percibe que se ha actuado sobre la superficie del problema, pero no sobre su base. Y en un sistema político tan consolidado como el chavista, actuar únicamente sobre la superficie equivale a mantener el sistema.

De ahí que el mensaje lanzado desde la calle sea tan directo: no se necesitan más declaraciones ni más fases de transición. Se necesitan hechos.

Porque el tiempo, en contextos como el venezolano, no es neutro. Cada día sin cambios reales refuerza las estructuras existentes y debilita la confianza en cualquier proceso de apertura.

Lo ocurrido en Caracas debe interpretarse, por tanto, como un punto de inflexión. No en el sentido de que el cambio se haya producido, sino en el de que la paciencia social ha alcanzado su límite. Y cuando eso sucede, los márgenes para una transición lenta y controlada se reducen drásticamente.

Estados Unidos se enfrenta ahora a una disyuntiva clara: mantener una estrategia gradual que preserve equilibrios o acelerar un proceso que implique una ruptura efectiva con el sistema anterior. La primera opción ofrece estabilidad a corto plazo. La segunda, incertidumbre. Pero también es la única que puede responder a las expectativas generadas.

En ese escenario, lo único que parece haber cambiado de forma irreversible es la actitud del pueblo venezolano. Y ese factor, históricamente, ha sido siempre el que termina definiendo el desenlace.

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