Se esconden a la opinión pública los ataques yihadistas en España, que son cada vez más
Hoy he hablado con Alfredo Perdiguero, y lo que ha contado es exactamente lo que muchos sospechan pero nadie en el poder quiere reconocer: en España se ocultan los ataques yihadistas para evitar lo que llaman “alarma social”. Y mientras tanto, los ciudadanos permanecen desinformados ante un peligro real y creciente.
Perdiguero ha sido claro desde el primer segundo: España está a la cabeza internacional en detenciones preventivas de yihadistas, gracias al trabajo de la Policía y la Guardia Civil. Y precisamente por eso, él se indigna cuando, aun con investigaciones abiertas por terrorismo, el Ministerio del Interior niega sistemáticamente el carácter yihadista de los hechos.
Lo que cuenta del último caso es estremecedor. A las dos de la tarde llega el aviso: un individuo está apuñalando a la gente. Cuando los agentes llegan, no encuentran a nadie. El agresor se había refugiado en su casa. Horas después, el hermano llama desesperado: está fuera de sí, violento, teme por su vida y por la de los vecinos.
Cuando entran en el domicilio, los agentes intentan neutralizarlo con una pistola Táser, pero no hace efecto debido a lo que el individuo llevaba encima. Acto seguido, el hombre intenta apuñalar a los policías, y estos lo abaten con tres disparos, siguiendo estrictamente los protocolos de proporcionalidad. Durante todo el episodio, el agresor recitaba versos del Corán.
Y aun así, no se habla de terrorismo.
No se informa.
No se advierte al ciudadano.
No se reconoce lo evidente.
Perdiguero subraya un dato demoledor: la Audiencia Nacional tiene abierta una pieza secreta para investigar el caso como posible ataque terrorista, y la Brigada de Información trabaja ya en él. Y pese a todo, se sigue negando lo que es obvio.
Luego está la cuestión que casi nadie menciona: el peso real de la criminalidad importada. En Cataluña, el 65% de los delitos los cometen ciudadanos extranjeros, pese a representar en torno al 15% de la población. En el País Vasco ocurre algo similar. Y cuando se incluyen en el cálculo a los nacionalizados, la estadística sigue indicando exactamente lo mismo: un problema que existe, que afecta a la seguridad, pero que se tapa con celo ideológico.
Por eso Perdiguero lo resume así:
“Tenemos un problema con el yihadismo. No se afronta, se esconde, se tapa, y colaboran en ello muchos medios de comunicación.”
A los ciudadanos les da un consejo tajante: si alguien presencia un comportamiento violento, radicalizado o sospechoso, debe llamar inmediatamente a la policía, sin miedo y sin vergüenza. “Mejor por exceso que por defecto”, repite él. La Policía identificará, informará a la brigada especializada y descartará o confirmará. Pero quedarse callado es lo peor que puede hacerse.
Lo que hoy ha explicado Perdiguero no es una opinión. Es una radiografía del país: España vive episodios de violencia vinculada al radicalismo islámico que no se cuentan, no se explican y no se reconocen. Y eso convierte el silencio institucional en un riesgo añadido.
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