Nos están robando la democracia
Llevo años diciendo esto en voz alta, y hoy ya no es una intuición ni una sospecha incómoda: España sufre un fraude electoral estructural desde hace años. Y lo que está ocurriendo en Extremadura no es un accidente, ni un error administrativo, ni una anécdota local. Es un ensayo general.
En las últimas horas han robado cajas fuertes de ayuntamientos, cajas que contienen el voto por correo de ciudadanos que ejercieron su derecho con todas las garantías que, en teoría, ofrece el sistema. No hablamos de uno ni de dos casos. Cinco municipios confirmados, con indicios claros de una operación organizada, perfectamente coordinada, con un objetivo muy concreto: abrir sobres, cambiar papeletas y volver a cerrarlos para que el ciudadano acabe votando lo que no quería.
Esto no es una teoría. Es una maniobra orquestada. Y ocurre a escasos días de unas elecciones autonómicas.
Por eso lo digo sin rodeos: estas elecciones no deberían celebrarse. No este domingo. No así. No con el voto por correo comprometido. En cualquier democracia europea mínimamente seria, el proceso se habría detenido de inmediato. Aquí no. Aquí se sigue adelante, como si nada.
No es la primera vez. En las elecciones generales del 23 de julio más de 300.000 personas no pudieron votar por correo. Correos lo reconoció. Las elecciones no se pararon. El resultado se dio por válido. Y punto. Eso ya debería haber provocado una investigación judicial de alto nivel. No ocurrió.
Mientras tanto, se nos repite el mantra de que tenemos “el sistema electoral más garantista del mundo”. Es falso. No se puede seguir el recorrido de un voto desde que se deposita hasta que se contabiliza. De un paquete de Amazon, sí. De un voto, no. Cada noche electoral la web del Ministerio del Interior se cae durante horas. Curiosamente. Siempre.
En ningún país de nuestro entorno el recuento depende del Gobierno. Aquí sí. Aquí una empresa vinculada al poder político ofrece los datos finales a la ciudadanía. Y pretenden que no desconfiemos.
Cuando se denuncia esto, la respuesta es siempre la misma: insultos, descalificaciones y la palabra comodín de moda. “Trampista”. “Ultraderecha”. “Bulo”. Pero los hechos están ahí. Cajas fuertes robadas. Sacas abiertas. Peticiones masivas e inusuales de voto por correo concentradas en horas. Vulnerabilidad total del sistema. El voto a ciegas.
Y hay algo todavía más grave: cuando se roba un voto por correo, se rompe el secreto del voto. Dentro del sobre está la identidad del votante y el sentido de su voto. Se puede cambiar. Se puede reenviar. Y el ciudadano jamás sabrá que su voluntad fue traicionada. No hay código de seguimiento. No hay control. No hay garantías.
Esto no es chapuza. Esto es mafia. Y lo digo con todas las letras.
Lo que pase en Extremadura lo sabremos el lunes. Pero lo que ya sabemos es que si permitimos que esto siga ocurriendo, la democracia española será una ficción administrativa. No hace falta cambiar la Constitución. Hace falta cumplir la ley. Hace falta una junta electoral independiente, fuera del control del Gobierno. Hace falta que el Ministerio del Interior no tenga ningún papel en el recuento. Hace falta transparencia real.
Necesitamos volver a estar seguros de algo tan básico como esto: que quien gana, aunque no nos guste, ha ganado limpiamente. Hoy, en España, eso es una quimera.
Y sí. Nos están robando la democracia. Desde hace tiempo.
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