La ola soberanista ya está aquí y no hay vuelta atrás
Llevo tiempo diciendo que estamos asistiendo a un cambio de ciclo político profundo, aunque muchos no quieran verlo. No llega de golpe, no hace ruido al principio, no se anuncia con fanfarrias. Llega gota a gota. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya está empapado. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en España y en buena parte de Occidente.
Lo acabamos de ver en Extremadura. Un territorio históricamente socialista donde el PSOE se desploma y donde lo que algunos llaman con desprecio “extrema derecha” crece con fuerza. Yo lo digo claro: no hay nada de extremo en pedir orden, soberanía y sentido común. Lo que hay es hartazgo. Hartazgo de un poder que lleva años gobernando desde el miedo, la culpa y la manipulación.
Durante décadas, la izquierda más rancia ha tratado a los ciudadanos como menores de edad. Nos han dicho qué pensar, cómo hablar, qué comer, qué decir y hasta qué celebrar. Han construido un sistema de prohibiciones, subvenciones, carnés morales y dogmas obligatorios. Y cuando alguien se salía del carril, lo señalaban. Ese modelo se está agotando.
Pedro Sánchez sigue agitando el espantajo de la “extrema derecha”, pero ya no asusta a nadie. Antes utilizó a Franco como comodín propagandístico, incluso llegó a exhumarlo para fabricar un relato épico que no existía. Hoy ese truco ya no funciona. El miedo ha cambiado de bando. El miedo lo genera un gobierno que gobierna sin presupuestos, que indulta, amnistía, pacta con quien haga falta y que utiliza el poder como si fuera patrimonio propio.
Lo que estamos viendo es el nacimiento de un nuevo eje político. No es izquierda contra derecha. Eso ya es arqueología. Es globalismo contra soberanía, sumisión contra dignidad, burocracia contra ciudadanos. En ese nuevo mapa, el PP ocupa el espacio socialdemócrata clásico y Vox el espacio soberanista y conservador. El resto queda diluido.
Y sí, lo digo claramente: el PSOE camina hacia su desaparición política, como ya ha ocurrido en otros países. Tiene más de cien años de historia, pero también un historial oscuro que muchos prefieren olvidar. Golpes, fraudes, checas, terrorismo de Estado, crisis económicas devastadoras. Y ahora, pactos con quienes quieren romper España y una gestión que genera desconfianza incluso entre sus antiguos votantes.
En Hispanoamérica el fenómeno es idéntico. Bolivia, Colombia, Brasil, Venezuela… siempre los mismos nombres, los mismos aliados, las mismas recetas fallidas. Y frente a ellos, una ciudadanía que empieza a despertar. Argentina, El Salvador, Paraguay, Perú, Italia. El patrón se repite. La gente deja de creer en el relato oficial y empieza a buscar información por su cuenta.
Eso es lo verdaderamente revolucionario. No un partido, no un líder, sino una conciencia nueva. La gente ya no se fía de los grandes medios. Contrasta, duda, compara. Y vota en consecuencia. Por eso tantos están nerviosos. Por eso se intenta desacreditar, censurar o ridiculizar a quien se sale del guion.
También en España hay un dato clave: millones de personas no votan. Si lo hicieran, si perdieran el miedo y acudieran informadas a las urnas, el panorama cambiaría por completo. Porque hoy la división real no es ideológica. Es moral. Entre gente honrada y gente que vive del engaño. Entre quienes trabajan y quienes parasitan el sistema.
Estamos ante un cambio sin retorno. Un cambio silencioso, profundo, imparable. Y desde aquí lo seguiremos contando, aunque moleste. Porque nuestra obligación es esa: señalar, incomodar y contar lo que otros prefieren ocultar.
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