«A Rubén Sánchez yo le tengo miedo, me insultó por criticar los trenes de Renfe»
Hay frases que no deberían pasar desapercibidas en una democracia. “A Rubén Sánchez yo le tengo miedo”. No lo dice cualquiera. Lo dice Lucía Etxebarría, escritora y creadora de contenido, después de haber sido insultada públicamente por criticar el estado de los trenes de Renfe.
No habló de ideología. No atacó a nadie. Criticó un servicio público. Y la respuesta fue el linchamiento verbal. El mensaje es claro: si señalas fallos estructurales, te expones.
Lucía explicó que el ataque no fue un debate ni una discrepancia argumentada. Fue un insulto directo, una descalificación que busca intimidar. Y cuando una persona dice que tiene miedo por expresar una opinión legítima, el problema ya no es una red social: es un síntoma de deterioro democrático.
Aquí no hablamos de egos ni de polémicas digitales. Hablamos de libertad de expresión. De si un ciudadano puede decir que los trenes funcionan mal sin ser señalado, ridiculizado o amedrentado por figuras con visibilidad pública.
En un país donde las infraestructuras fallan, donde se acumulan retrasos, accidentes y negligencias, lo normal sería escuchar al ciudadano. Lo anormal es castigar al que habla.
Lucía no denunció una sensación. Denunció un hecho. Y ese hecho merece atención porque el miedo no puede formar parte del debate público. Cuando criticar a Renfe provoca ataques personales, algo se ha torcido muy seriamente.
Defender la libertad de expresión no consiste en aplaudir lo que nos gusta. Consiste en proteger el derecho a decir lo que incomoda.
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