Estamos solas: una hora escuchando a una mujer maltratada y lo que nadie quiere oír
De nuevo con vosotros, soy Susana Gasch.
Hoy no vengo a teorizar, ni a repetir consignas, ni a hablar desde el despacho. Hoy vengo a escuchar. Y a que escuchéis conmigo. Durante más de una hora he hablado con una mujer maltratada. Vamos a llamarla Sofía. No es su nombre real. No mostramos su rostro. No es un recurso televisivo: es protección. Está a la espera de juicio y vive con miedo. Miedo real.
Sofía empieza una relación en 2021. Como tantas otras. Ilusión, cariño, conexión. Dos personas separadas que se entienden. Nada hace sospechar lo que vendrá después. Pero cuando el tiempo pasa, aparece el patrón: insultos, empujones, gritos, control, miedo. El cambio no es gradual, es brutal. Y lo peor es que llega cuando ya estás dentro.
Sofía no tenía apoyo familiar. Venía de una historia previa de malos tratos en su propia casa. Y cuando creces normalizando el golpe, el límite se desplaza. Lo que a otros les parece intolerable, tú lo justificas. Te convences de que quizá eres tú. De que estás exagerando. De que él va a cambiar.
No cambia.
Empieza a presentarse en su casa. A aporrear la puerta. A esperarla en los bares del pueblo. A perseguirla cuando intenta huir. Y cuando ella pide ayuda, nadie responde. Amigos que miran hacia otro lado. Personas que lo han visto todo y aun así callan. Soledad absoluta.
Uno de los primeros episodios graves ocurre en un bar. Le revienta un vaso en la mano delante de todo el mundo. La gente mira. Nadie actúa. Él grita. Ella se queda paralizada. Y ahí aparece una frase que se repite una y otra vez en los testimonios de mujeres maltratadas: “no sabía si la loca era yo o era él”.
Después llegan las palizas. Una noche la deja con la cara destrozada, sangrando, golpeándola sin parar. Nadie escucha sus gritos. Sale como puede. Él va por el pueblo diciendo que se lo ha hecho ella. Sofía pasa una semana sin poder salir de casa.
Y aun así, el acoso continúa. La persigue. Se presenta en su trabajo. La espera. La amenaza. La vigila. Vive con miedo constante. Hasta que llega el momento clave: la agresión definitiva.
La espera en el portal de su casa. La agarra del cuello. Le pone una botella en el cuello. La mete a golpes en el edificio. En el ascensor la sigue golpeando. Solo se va porque tiene miedo. Porque en el fondo, como ella dice, es un cobarde.
Al día siguiente, va a trabajar con miedo. Pensando que puede aparecer en cualquier momento. Y aparece. En la cocina del bar. La golpea contra el horno, contra todo lo que encuentra. Ella consigue llamar a su jefe y solo puede decir una frase: “me mata, me mata”.
Si su jefe no llega en ese momento, Sofía no estaría aquí.
La policía local acude… y le dice que no puede hacer nada porque no hay denuncia previa. Ella sangrando. Con la cabeza inflamada. Con la cara destrozada. Y aun así, nada. Es una agente fuera de turno, una mujer, la que decide ayudarla de verdad. La acompaña al médico. A la Guardia Civil. A denunciar.
Ahí descubre que su agresor ya estaba en el sistema VioGén. No era la primera vez. Y aun así, había estado libre. Moviéndose por el pueblo. Bebiendo. Vigilándola.
Llega la orden de alejamiento. 500 metros. Ridículo en un pueblo pequeño. Le ponen un dispositivo. Una pulsera. Le dicen que está protegida. No lo está.
El dispositivo pita cuando no debe. No pita cuando debería. La hace más visible, más vulnerable. Ella descubre después que no funciona. Que no sirve. Que incluso el técnico se lo dice claro: “es como si no llevaras nada”. El agresor se va de España. Cruza la frontera. La pulsera deja de servir para todo.
Sofía cambia de domicilio. Dos veces. Cambia de vida. Pierde el trabajo. Pierde la estabilidad. Vive con miedo. Llama a la Guardia Civil cuando cree reconocerlo cerca de su casa y le dicen que no pueden hacer nada. Está sola.
Lleva esperando juicio desde 2022.
Y aun así, decide hablar. Porque está cansada del postureo. De los discursos. De las cifras. De las pulseras inútiles. De un sistema que presume de proteger mientras abandona.
Lo dice claro: el Ministerio que tenía que protegerla no le ha servido de nada. Que se ha gastado millones y las víctimas siguen igual o peor. Que las mujeres tienen que reconstruirse solas. Que nadie te da trabajo, ni ayuda, ni seguridad. Que o te vas, o sobrevives como puedes.
Este testimonio no es cómodo. No es bonito. No es ideológico. Es real. Y demuestra algo que nadie quiere decir en voz alta: estamos solas.
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