David Alandete: cuando hacer preguntas en la Casa Blanca te convierte en enemigo en España
Lo que van a leer a continuación no es una interpretación mía. Es el relato directo de David Alandete, corresponsal en Washington, exdirector adjunto de El País, periodista con décadas de experiencia y una trayectoria que hoy resulta incómoda para muchos.
Alandete lo explicó con claridad en este programa: hacer preguntas incómodas en la Casa Blanca le ha costado ataques de antiguos compañeros de su propio periódico. No por mentir. No por manipular. Por preguntar.
Me lo dijo sin victimismo, pero con una serenidad que da miedo: hay periodistas en España que han dejado de ejercer como periodistas para actuar como activistas del poder. Y cuando alguien no acepta ese papel, se convierte en objetivo.
Alandete relató cómo antiguos compañeros de El País llegaron a llamarle “traidor” o “corresponsal con ínfulas” simplemente por formular preguntas sobre España al presidente de Estados Unidos. Así funciona hoy parte del ecosistema mediático español: si incomodas al poder, te señalan.
Aquí no estamos hablando de ideologías. Alandete lo deja claro: un periodista puede ser de izquierda, de derecha o de lo que quiera, pero no puede mezclar sus prejuicios con la información. Y eso, en España, se ha normalizado peligrosamente.
Mientras tanto, ocurre algo que rompe todos los relatos oficiales: Donald Trump es, según Alandete, el presidente más transparente y accesible que él recuerda. Lo dice alguien que ha cubierto a Bush, Obama, Biden y a Trump en sus dos etapas.
Trump abre el Despacho Oval casi a diario. Responde preguntas sin filtrar, permite repreguntas, se expone. ¿Manipula? Por supuesto. ¿Estrategiza? También. Pero da la cara. En cambio, cuando Alandete compara esto con Pedro Sánchez, el contraste es demoledor: preguntas pactadas, periodistas seleccionados, comparecencias mínimas y cero repreguntas.
Alandete contó algo que define el nivel de degradación democrática en España: durante una visita de Sánchez a Washington, las preguntas ya estaban escritas y asignadas con nombre y apellido. Diez minutos de comparecencia en un viaje internacional clave. Eso no es democracia. Es propaganda.
Y cuando Sánchez ataca a periodistas —como ha hecho públicamente— lo hace desde el Congreso, dejando el insulto registrado en el diario de sesiones sin permitir defensa ni preguntas. Es un uso del poder institucional para señalar y amedrentar.
Aquí está el núcleo del problema: cuando el poder no soporta preguntas, necesita periodistas dóciles. Y cuando surgen medios independientes, canales alternativos y periodistas que no piden permiso, entra el nerviosismo. Sobrerregulación, manifiestos, listas negras, etiquetas de “pseudomedios”.
Alandete lo dijo con precisión quirúrgica: están perdiendo el monopolio del relato. Y eso, para algunos, es intolerable.
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