Se anuncia la muerte del presunto testaferro de ZP justo cuando le investigaba la UCO

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No existen las casualidades cuando la corrupción rodea a un poder político. Y en España, las piezas empiezan a encajar de una forma inquietante.

Hoy hemos conocido la muerte de Francisco Flores Suárez. Un nombre que, hasta hace poco, no decía nada a la mayoría. Pero que, según una declaración reciente ante el juez, podría ser el presunto testaferro de José Luis Rodríguez Zapatero.

Y aquí empieza todo.

Porque esa declaración venía acompañada de un sobre. Un sobre que contendría documentación clave sobre una supuesta financiación ilegal vinculada a la petrolera venezolana. Un sobre que ya está en manos de un juez y bajo investigación de la UCO.

Pocos días después, el 6 de febrero, Francisco Flores muere.

¿Casualidad?

Permítanme dudarlo.

Tenemos tres escenarios. Muerte natural. Muerte simulada. O asesinato.

No sería la primera vez que alguien desaparece justo cuando la justicia se acerca demasiado. En este país ya hemos visto cómo testigos clave desaparecen, pruebas no aparecen y documentos nunca se entregan.

Y en este caso, el contexto es demasiado concreto como para mirar hacia otro lado.

Según esa misma declaración judicial, el dinero habría seguido un recorrido muy claro: Caracas, Moscú, Panamá y finalmente Madrid. Un flujo internacional que, presuntamente, tendría como objetivo financiar estructuras políticas.

Y en el centro de ese circuito, Francisco Flores.

Un hombre vinculado desde hace años a la petrolera venezolana, con conexiones empresariales en el país, con antecedentes relacionados con incautaciones de droga en su entorno —aunque nunca fue detenido— y con un nivel de exposición que, sencillamente, no encaja con una desaparición sin preguntas.

Pero lo más inquietante no es su pasado.

Es el momento.

Muere justo cuando un juez tiene la documentación. Justo cuando la UCO investiga. Justo cuando su nombre aparece en un caso que puede afectar directamente al poder político en España.

Y entonces queda una sola pieza viva en este tablero.

Víctor de Aldama.

El único que ha declarado. El único que ha entregado pruebas. El único que puede sostener el caso.

Y, casualmente, también el único que está recibiendo amenazas de muerte. Disparos a su vehículo. Advertencias constantes.

No quiere protección oficial.

Dice que no se fía.

Y viendo lo que está ocurriendo, cuesta darle la razón.

Porque si desaparece Aldama, no habrá relato, no habrá pruebas vivas, no habrá caso.

Y entonces sí, todo quedará en nada.

Hoy no puedo afirmar qué ha pasado con Francisco Flores.

Pero sí puedo afirmar algo mucho más importante:

Cuando alguien clave desaparece en mitad de una investigación, lo mínimo que debemos hacer es no mirar hacia otro lado.

Aquí hay demasiado en juego.

Y alguien, en algún lugar, sabe exactamente por qué.

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