¿Se está utilizando el miedo sanitario como herramienta política?
Hay algo que una parte creciente de los españoles ya no puede evitar sentir cuando escucha determinadas ruedas de prensa sanitarias del Gobierno.
Déjà vu.
Las mismas frases ambiguas.
Las mismas contradicciones.
Los mismos “no hay motivo para alarmarse”.
Y, sobre todo, los mismos protagonistas.
El regreso mediático de Fernando Simón para tranquilizar a la población ante el caso del barco relacionado con el hantavirus ha provocado exactamente el efecto contrario al que seguramente pretendía el Gobierno.
Porque millones de personas todavía recuerdan perfectamente lo que ocurrió en 2020.
Recuerdan cuando se dijo que las mascarillas no eran necesarias.
Recuerdan cuando se insistía en que apenas habría contagios en España.
Recuerdan las manifestaciones autorizadas mientras el virus ya circulaba.
Y recuerdan también el resultado de aquella gestión.
Por eso ahora, cuando vuelven los mensajes contradictorios sobre contagios, cuarentenas, protocolos y riesgos sanitarios, una parte importante de la sociedad ya no reacciona con tranquilidad.
Reacciona con desconfianza.
Y quizá ese es el verdadero problema institucional que vive España.
Porque un Gobierno puede sobrevivir a una crisis sanitaria.
Lo que no sobrevive fácilmente es la credibilidad.
Durante el programa analizamos precisamente esa sensación creciente de que determinadas situaciones sanitarias empiezan a utilizarse también como herramientas políticas, mediáticas y emocionales.
Primero ocurre una crisis.
Después llega el bombardeo informativo constante.
Luego aparecen expertos contradictorios.
Más tarde se instala el miedo colectivo.
Y finalmente surge la necesidad de control.
Más protocolos.
Más restricciones.
Más excepcionalidad.
Más dependencia institucional.
Muchos ciudadanos sienten que el patrón se repite.
Y eso explica la enorme reacción social que está generando el caso del barco que se dirige hacia Canarias.
Porque aquí ya no hablamos únicamente de un posible problema sanitario.
Hablamos de una población que ha perdido la confianza en quienes gestionan las emergencias.
Durante el debate surgieron incluso hipótesis políticas mucho más profundas.
Desde la posibilidad de utilizar grandes crisis para tapar escándalos de corrupción hasta teorías relacionadas con futuras situaciones de excepcionalidad política o electoral.
Es evidente que algunas afirmaciones pertenecen al terreno de la especulación.
Pero también es evidente que el propio Gobierno ha contribuido enormemente a alimentar esa desconfianza.
Cuando una administración cambia versiones constantemente, mezcla mensajes políticos con mensajes sanitarios y convierte cada crisis en un espectáculo mediático, termina generando el efecto contrario al que busca.
La gente deja de creer.
Y cuando una sociedad deja de confiar en sus instituciones, cualquier emergencia se convierte automáticamente en un conflicto político.
Eso es exactamente lo que estamos viendo ahora.
Porque el debate ya no gira únicamente alrededor del hantavirus.
El verdadero debate es otro.
¿Hasta qué punto se está utilizando el miedo como herramienta de control social y político?
Durante el programa, varios invitados defendieron que el miedo permanente genera ciudadanos más obedientes, más dependientes y más fáciles de gestionar políticamente.
Otros hablaron directamente de “pánico institucional”.
Y mientras tanto, el Gobierno sigue transmitiendo mensajes contradictorios sobre el nivel real de riesgo.
Un día se minimiza.
Al siguiente se activan protocolos extraordinarios.
Después se habla de prudencia.
Y luego aparecen imágenes de trajes EPI, traslados medicalizados y operativos especiales.
El resultado es devastador para la credibilidad pública.
Porque si realmente el riesgo es bajo, el despliegue parece excesivo.
Y si el riesgo es serio, entonces las explicaciones oficiales parecen insuficientes.
Esa incoherencia es precisamente la que dispara todas las alarmas sociales.
Y ahí aparece otra consecuencia extremadamente peligrosa.
Cada vez más ciudadanos empiezan a creer antes a redes sociales, canales alternativos o rumores que a las instituciones oficiales.
No porque toda esa información alternativa sea cierta.
Sino porque consideran que los gobiernos ya no dicen toda la verdad.
Ese deterioro de confianza probablemente sea una de las heridas más profundas que dejó la pandemia de 2020.
Y ahora, cinco años después, vuelve a abrirse delante de nuestros ojos.
Porque quizá el problema ya no es solo sanitario.
Quizá el problema es que millones de personas sienten que el miedo se ha convertido en una herramienta política demasiado útil como para dejar de utilizarla.
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