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José Luis Rancaño llama a la desobediencia pacífica para proteger los pueblos frente a los incendios

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José Luis Rancaño lanzó en Castillón Confidencial una de las advertencias más contundentes del programa: ha llegado el momento de plantear una desobediencia pacífica, racional y argumentada frente a las normas y decisiones políticas que impiden a los vecinos proteger sus pueblos de los incendios.

Hay un momento en que la obediencia deja de ser prudencia y empieza a parecer resignación. Esa fue una de las ideas más duras que dejó el programa al abordar la crisis de los incendios: si las normas impiden proteger los pueblos, limpiar los montes y defender el territorio, quizá ha llegado la hora de desobedecer pacíficamente algunas decisiones políticas.

La frase no es una invitación al caos. Al contrario. La llamada fue expresamente pacífica, racional y argumentada. No se trata de romper nada ni de actuar con violencia, sino de recuperar el sentido común frente a una administración que, según se denunció, ha dejado a muchos municipios atrapados entre el fuego, la burocracia y la incompetencia.

El contexto es grave. España acumula incendios, evacuaciones, confinamientos y un paisaje rural cada vez más abandonado. Mientras tanto, el discurso oficial insiste en el cambio climático como explicación casi única. Pero los testimonios del programa apuntan a otra causa: la pérdida de libertad de quienes viven en el campo para cuidar, limpiar y proteger su propio entorno.

Durante generaciones, los pueblos supieron convivir con el monte. Los vecinos recogían leña, limpiaban caminos, cuidaban parcelas, mantenían accesos, aprovechaban pastos y detectaban riesgos antes de que se convirtieran en tragedia. Hoy, muchas de esas tareas están bloqueadas por normativas, permisos, sanciones o decisiones tomadas lejos del territorio.

Ese es el núcleo de la denuncia: se ha quitado capacidad de acción a quienes conocen el terreno y se ha entregado todo a una maquinaria administrativa que llega tarde, decide lejos y responde mal. Cuando el incendio aparece, los vecinos miran el monte que ellos habrían limpiado si les hubieran dejado. Y cuando quieren actuar, muchas veces se les ordena esperar, evacuar o encerrarse.

La desobediencia pacífica nace de ahí. De la convicción de que proteger una casa, una finca, un pueblo o un camino no puede depender siempre de políticos que no pisan el terreno y de técnicos sometidos a órdenes absurdas. Si una norma impide retirar maleza, abrir cortafuegos, mantener caminos o prevenir el desastre, esa norma debe ser cuestionada.

No se trata de negar la ley por capricho. Se trata de recordar que la ley debería servir a la vida real, no destruirla. Una administración que impide prevenir incendios y después culpa al clima no puede exigir obediencia ciega. Menos aún cuando son los vecinos quienes pagan las consecuencias: casas perdidas, animales muertos, explotaciones arruinadas y pueblos enteros evacuados.

El programa planteó esta reflexión con una frase incómoda: hay que recuperar libertades y quitar competencias al Estado. Es una afirmación fuerte, pero conecta con un sentimiento cada vez más extendido en la España rural. Muchos ciudadanos sienten que el Estado ya no les protege; les regula, les multa, les limita y, cuando llega el desastre, les ordena apartarse.

La desobediencia pacífica sería, en ese sentido, una forma de defensa cívica. Hacer lo necesario para limpiar, mantener y proteger, explicando por qué se hace y dejando claro que la finalidad no es enfrentarse a nadie, sino evitar una tragedia mayor. Es una llamada a la responsabilidad de los vecinos frente a la irresponsabilidad de los despachos.

España no puede asumir como normal que ardan miles de hectáreas mientras quienes viven allí tienen las manos atadas. Tampoco puede aceptar que cada verano se repita el mismo ritual: abandono, fuego, propaganda, promesas y olvido.

La protección de los pueblos no puede depender solo de órdenes políticas que llegan tarde. Si el Estado no deja cuidar el monte y después no sabe salvarlo, alguien tendrá que decir basta. Pacíficamente, racionalmente, pero con firmeza.

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