Así se entra en una dictadura: el testimonio de Kake Minuesa infiltrado en Venezuela

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Mientras muchos hablan de libertad de prensa desde un plató con aire acondicionado, hay periodistas que se juegan la vida. Esta semana he querido traer a este programa a uno de ellos: Kake Minuesa.

Kake ha hecho algo que hoy es prácticamente imposible: entrar en Venezuela cuando los periodistas tienen prohibido el acceso. No como prensa. No con acreditación. Como turista, atravesando controles militares, engañando a un sistema represivo que sigue intacto, aunque Maduro ya no esté.

Porque eso es lo primero que deja claro su testimonio: el miedo sigue ahí.

Kake ya había sido detenido, secuestrado y deportado por el régimen durante las elecciones de 2024. Su pasaporte quedó marcado. Más de 200 periodistas están hoy bloqueados en la frontera de Cúcuta esperando permisos que no llegan nunca. Algunos equipos extranjeros han intentado colarse y han acabado interrogados, amenazados o con el material borrado.

Él lo volvió a intentar.

Lo hizo solo, cruzando de madrugada, en moto, pasando ocho controles militares, negociando con intermediarios que él mismo describe como “galácticos”, sin saber en cada curva si aquello terminaba en una celda o en una cuneta. Cuatro horas de interrogatorio en frontera. Amenazas veladas. Y una frase que lo resume todo:
“Dé gracias a Dios, porque podría haberse pasado un tiempo en la cárcel.”

Y aun así entró.

Lo que encontró dentro no es el relato edulcorado que venden algunos. Es un país tomado por el silencio, por los colectivos, por la violencia estructural. Un lugar donde los testimonios hay que pixelarlos para que no maten a quien habla.

Kake escuchó a un profesor universitario contarle que antes del chavismo cobraba 1.200 dólares al mes y que hoy cobra menos de 10 euros. Escuchó a ciudadanos decir, sin consignas, que el chavismo no ha funcionado. Que no hay derechos, que hablar es un riesgo, que el miedo no se fue con Maduro.

Y escuchó algo aún más demoledor: casi 10 millones de venezolanos no han vuelto a su país. No porque no puedan. Porque no se fían.

Mientras tanto, aquí, en España, los responsables del saqueo viven a cuerpo de rey. Los llamados bolichicos, los hijos del dinero chavista, pasean impunes mientras el pueblo venezolano pasa hambre. Y no es una metáfora.

Kake también recordó algo que no podemos ignorar: en Bogotá, paramilitares chavistas ametrallaron a dos líderes de la oposición y se marcharon sin consecuencias. ¿Dónde estaba entonces el derecho internacional? ¿Dónde estaban los defensores de los derechos humanos?

Por eso quise traerlo aquí. Porque esto no va de heroicidades. Va de periodismo. Del que incomoda, del que no blanquea, del que se juega el tipo para contar la verdad.

Y porque, como le dije en antena, debería estar dando clase en la universidad. No quienes han contaminado generaciones enteras desde la comodidad ideológica.

Mientras haya periodistas así, queda esperanza. No solo para Venezuela. También para nosotros.

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