España está dentro, la guerra no ha terminado y el relato no es el que nos cuentan
Hoy he hablado con Juan Antonio Aguilar, militar en la reserva y director del Instituto Español de Geopolítica, y la conversación deja una conclusión incómoda: el relato que estamos recibiendo sobre la guerra con Irán no se sostiene cuando se analiza desde una perspectiva estratégica.
Mientras en España se transmite la idea de que somos un observador externo, apartado del conflicto, la realidad es otra. España no está mirando desde fuera. España está dentro. Hay soldados desplegados en el Líbano, más de 300 efectivos en Irak, una batería de misiles Patriot en Turquía y una fragata, la Cristóbal Colón, en Chipre en situación de máxima alerta. Y, lo más relevante, ni siquiera está claro cuál es exactamente el papel que están desempeñando en este escenario.
Este punto de partida ya desmonta una parte del discurso oficial. Pero hay más.
Se nos dijo que esta intervención iba a ser rápida, una operación de decapitación del régimen iraní diseñada para provocar un colapso inmediato del sistema. Un movimiento de 48 horas que permitiría presentar una victoria clara antes incluso de que los mercados reaccionaran.
No ha ocurrido.
La operación ha fracasado y lo que tenemos ahora es una guerra de desgaste que se prolonga en el tiempo mientras, desde Estados Unidos, se insiste en que el conflicto está ganado. Sin embargo, desde un punto de vista militar, la situación es muy distinta.
La clave está en entender que no estamos ante una guerra convencional, sino ante una guerra asimétrica. En este tipo de conflictos, la victoria no se mide por la destrucción del enemigo, sino por la capacidad de impedir que alcance sus objetivos estratégicos. Por eso, si el régimen iraní resiste y se mantiene en el poder, Irán habrá ganado, independientemente de los daños sufridos.
Este enfoque cambia por completo la interpretación del conflicto. Ya no se trataría de una intervención exitosa, sino de un fracaso estratégico con capacidad para reconfigurar el equilibrio en Oriente Medio. Las consecuencias no son menores: debilitamiento de las monarquías del Golfo, tensiones en el sistema energético global y un impacto económico que ya empieza a reflejarse en el precio del petróleo.
Pero la conversación no se queda ahí. Hay una cuestión aún más incómoda: quién está realmente detrás de la decisión de entrar en guerra.
Cuando se analiza el contexto político de Estados Unidos, surgen dudas razonables. Donald Trump se enfrenta a unas elecciones de medio mandato en pocos meses, tiene compromisos internacionales relevantes y afronta un escenario económico sensible. En ese contexto, la entrada en una guerra de estas características no parece responder a un interés político directo.
Según explica el experto, cada vez más analistas en Estados Unidos sostienen que ha sido Israel quien ha empujado a Washington a intervenir. La presión de determinados lobbies, los intereses estratégicos en la región y posibles elementos de influencia política estarían detrás de una decisión que, de otro modo, resulta difícil de justificar. Cuando un país entra en una guerra sin un beneficio claro, es legítimo preguntarse quién está marcando realmente la agenda.
A partir de ahí, el análisis se vuelve aún más complejo. Porque tampoco encaja del todo la narrativa simplificada que presenta a Irán como un actor completamente ajeno al marco legal internacional. Existe una resolución de Naciones Unidas que, según esta interpretación, permite a un país responder militarmente cuando ha sido objeto de una agresión y cuando terceros estados facilitan esa agresión mediante bases militares o apoyo logístico.
Desde ese punto de vista, los ataques iraníes a determinados países del Golfo no responderían a una estrategia expansiva, sino a una lógica de respuesta dentro de ese marco. Esto no elimina la gravedad del conflicto, pero sí obliga a entenderlo en términos más amplios y menos simplistas.
En este escenario, los aspectos morales pierden peso frente a los intereses estratégicos. Y esa es otra de las conclusiones que deja la conversación: en geopolítica, las decisiones no se toman en función de valores, sino de equilibrios de poder.
El último elemento que se plantea es, probablemente, el más preocupante. El riesgo nuclear ya no puede descartarse como una hipótesis lejana. Si alguno de los actores decidiera utilizar armas nucleares tácticas, la respuesta sería inmediata y devastadora. Un ataque contra instalaciones nucleares provocaría no solo destrucción directa, sino una nube radiactiva con consecuencias humanitarias, económicas y políticas de enorme magnitud.
Este escenario no es el más probable, pero tampoco puede considerarse imposible. Y eso, por sí solo, debería cambiar el tono con el que se está abordando este conflicto.
La conclusión es clara. No estamos ante una guerra lejana ni ante un conflicto controlado. España está implicada, el desenlace está abierto y el relato que se está transmitiendo no refleja la complejidad real de la situación.
La pregunta ya no es quién tiene razón.
La pregunta es si somos conscientes de hasta qué punto nos afecta lo que está ocurriendo.
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