José Luis Rancaño: «En España no existe la extrema derecha, Vox es solo un partido conservador»
Para José Luis Rancaño, uno de los grandes fraudes del debate político actual es el uso sistemático del término “extrema derecha”. El productor de cine sostiene que en España no existe tal fenómeno y que Vox es, sencillamente, un partido conservador, al que se ha colocado esa etiqueta como herramienta de deslegitimación política y mediática.
Su tesis es clara. Vox es un partido conservador, con planteamientos discutibles como cualquier otro, pero no un movimiento extremista. Equipararlo a fenómenos totalitarios del pasado no responde a un análisis riguroso, sino a una estrategia de propaganda. Una estrategia que, según Rancaño, busca justificar pactos, silencios y cesiones que de otro modo serían difíciles de explicar.
Durante la conversación insiste en un punto clave: la violencia política real en España no ha venido de la derecha, sino de entornos radicales de izquierda. Recuerda décadas de terrorismo, de intimidación en universidades, de escraches y de persecución ideológica tolerada —cuando no blanqueada— por las instituciones. Y subraya una paradoja difícil de digerir: condenados por terrorismo dando clase en universidades públicas, mientras se señala como “fascista” a quien discrepa pacíficamente.
Rancaño habla de violencia institucional cuando el Estado permite que los asesinos de ayer ocupen espacios de prestigio y poder simbólico, mientras las víctimas quedan relegadas al silencio. Ese doble rasero, sostiene, no es accidental. Responde a una construcción del relato en la que todo lo que no encaja con el discurso oficial se sitúa fuera del marco democrático.
El productor también apunta a los medios de comunicación como pieza clave del engranaje. Denuncia un ecosistema informativo profundamente contaminado, donde la repetición constante de consignas sustituye al análisis y donde el término “extrema derecha” se utiliza como comodín para cerrar debates. “Cuando todo es extrema derecha, nada lo es”, resume. Y en ese ruido interesado, la ciudadanía pierde referencias y acaba aceptando como normal lo que no lo es.
Hay una reflexión que atraviesa toda su intervención: la degradación del lenguaje precede a la degradación de la democracia. Si se vacían las palabras de contenido, si se criminaliza al discrepante y se normaliza al violento afín, el sistema deja de ser un espacio de confrontación democrática para convertirse en un campo de propaganda.
No se trata de defender siglas ni líderes. Se trata de llamar a las cosas por su nombre. Y en España, hoy, confundir conservadurismo con extremismo no es un error: es una herramienta política.
Por eso esta conversación importa. Porque cuando el debate público se construye sobre etiquetas falsas, la democracia se convierte en un decorado. Y desmontar ese decorado es, ahora mismo, una obligación cívica.
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