“Mercosur se quiere aprobar a cambio de maletines”: el campo denuncia corrupción en Bruselas

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En el programa se dijo con crudeza, sin rodeos y sin lenguaje técnico para disfrazarlo. Víctor Viciedo, presidente de la Asociación Labradores Independientes, lanzó una acusación directa contra las instituciones europeas:

“La Unión Europea quiere aprobar Mercosur a cambio de maletines.”

No es una frase provocadora. Es una denuncia política que nace del hartazgo del campo, de quienes llevan años alertando de que las decisiones comerciales de Bruselas se toman de espaldas a los agricultores europeos y, según se afirma, bajo intereses que nada tienen que ver con el bien común.

Durante la intervención se explicó que el acuerdo con Mercosur —que afecta de lleno a la agricultura, la ganadería y la soberanía alimentaria— se está intentando sacar adelante pese al rechazo frontal del sector primario en países como España.

Viciedo denunció que los productores europeos compiten en clara desventaja frente a importaciones procedentes de países donde no se exigen los mismos estándares sanitarios, laborales ni medioambientales que sí se imponen dentro de la Unión Europea.

El resultado, según expuso, es conocido:
Precios hundidos para el agricultor europeo.
Entrada masiva de productos más baratos, pero producidos en condiciones que aquí estarían prohibidas.
Ruina progresiva del campo, mientras Bruselas habla de sostenibilidad desde los despachos.

La acusación más grave llega cuando Viciedo afirma que el impulso político al acuerdo no responde a criterios técnicos ni estratégicos, sino a intereses ocultos, resumidos en una palabra que todos entienden: maletines. Es decir, incentivos, presiones o favores para que el acuerdo salga adelante cueste lo que cueste.

En el programa se subrayó que no es la primera vez que el sector agrario alerta de este tipo de prácticas, ni que los agricultores se sienten utilizados como moneda de cambio en negociaciones internacionales que benefician a grandes corporaciones, no al productor.

Lo que denuncia el campo es simple y devastador: si Mercosur se aprueba en estas condiciones, miles de explotaciones europeas no sobrevivirán.

Y si además se hace —como se afirma— bajo sospechas de corrupción, el problema deja de ser agrícola para convertirse en un escándalo institucional de primer nivel.

Aquí no hablamos de ideología.
Hablamos de quién decide, a cambio de qué y quién paga las consecuencias.

Y, como tantas veces, los que trabajan la tierra son los últimos en ser escuchados.

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