Monseñor Romero no fue un agitador: fue una amenaza para el poder
Como cada viernes, en este programa recordamos a un héroe hispano, de esos que no siempre aparecen en los libros de texto ni en los discursos oficiales. Esta vez, de la mano del historiador Paco Álvarez, hablamos de Óscar Arnulfo Romero, conocido como San Romero de América.
Un hombre tan hispano como si hubiera nacido en Sevilla, como dijo Paco Álvarez, aunque naciera en Ciudad Barrios, en El Salvador, en 1917.
Y un dato esencial que se subrayó desde el inicio:
Monseñor Romero fue “tres veces santo”.
No es una metáfora.
No es una consigna.
Tres veces santo, literalmente
Paco Álvarez explicó que Romero es considerado santo por tres iglesias distintas:
– Santo por la Iglesia Católica
– Santo por la Iglesia Luterana
– Santo por la Iglesia Anglicana
Un reconocimiento excepcional que demuestra que su figura trasciende doctrinas, ideologías y fronteras. No pertenece a una causa política. Pertenece a la conciencia.
Quién fue realmente Monseñor Romero
Romero no fue un agitador.
No fue un revolucionario armado.
No fue un ideólogo.
Fue un sacerdote humilde que estudió teología en Roma, fue amigo del papa Pablo VI, y que decidió volver a El Salvador para ayudar a su pueblo.
Primero como párroco.
Después como arzobispo de San Salvador.
Y es entonces cuando se vuelve molesto para el poder.
No porque empuñara armas, sino porque defendía a los pobres, denunciaba la represión y nombraba a las víctimas desde el púlpito.
No era teología de la liberación
Paco Álvarez fue muy claro en este punto:
Romero no era teólogo de la liberación.
Él mismo lo dejó dicho:
“Una cosa es la ideología y otra cosa es la religión.”
Coincidió en el tiempo con esa corriente, sí, pero no perteneció a ella. Su lucha no era ideológica. Era evangélica: defender al oprimido y denunciar al opresor.
Y eso, desde Jesucristo hasta hoy, siempre se ha considerado revolucionario.
La frase que lo condenó
Romero pronunció unas palabras que, como se recordó en el programa, ningún dictador puede tolerar:
“En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios que cese la represión.”
Ese fue su delito.
El asesinato
El 24 de marzo de 1980, mientras cantaba misa en la capilla de la Divina Providencia, un francotirador le disparó y lo mató.
Se conocen los nombres:
– El autor material: Marino Samayoa Acosta
– La orden directa: capitán Álvaro Rafael Sarabia
– El autor intelectual: Roberto D’Aubuisson, líder de los escuadrones de la muerte
El mensaje era claro: callar al que habla.
No lo consiguieron.
Un mártir que sigue hablando
Hoy Monseñor Romero tiene:
– Calle en Madrid
– Monumentos en todo el mundo
– Una estatua en el pórtico de la Abadía de Westminster, junto a Martin Luther King
– Un asteroide con su nombre: el 13703 Monseñor Romero
Y el 24 de marzo, día de su asesinato, es por resolución de la ONU el Día Mundial por la Verdad en relación con las violaciones de los Derechos Humanos.
El mensaje sigue vigente
Paco Álvarez lo resumió con una idea demoledora:
Los dictadores no son eternos.
La verdad, sí.
Da igual que el tirano se llame comunista o de cualquier otra forma.
Un dictador es un dictador.
Y hay hombres a los que, al matarlos, no se les calla.
Se les hace más grandes.
Monseñor Romero fue uno de ellos.
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