«No es un accidente: han matado a mi hermano y esto se pudo evitar»

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De nuevo con vosotros, soy Susana Gasch.

Hoy no vengo a opinar desde la comodidad ni desde la distancia. Vengo a contar lo que está pasando porque alguien tiene que decirlo y porque el silencio también mata.

Marimar Fadón es la hermana de Agustín, camarero de tren, uno de los fallecidos en el último accidente ferroviario. Y lo que explica no es una opinión, es un relato directo, humano y devastador de cómo una tragedia no fue fruto de la mala suerte, sino de una cadena de negligencias conocidas, advertidas y no corregidas.

Agustín llevaba tiempo avisando. Avisando a su familia. Avisando de que los trenes no iban bien, de que las vías estaban mal, de que los pasajeros iban dando botes, de que no habían descarrilado de milagro. Pasó de contar anécdotas a confesar miedo. Miedo real. El miedo de alguien que se sube a un tren sabiendo que algo puede fallar.

Su hermana lo dice sin rodeos: esto ha sido una crónica de una muerte anunciada. Y cuando alguien le dice a su madre “cualquier día me recogen del tren con una cucharilla”, no estamos hablando de exageraciones, estamos hablando de advertencias claras.

Durante años, la tripulación denunció malas condiciones, infraestructuras deterioradas, baños inutilizables, vías sin mantenimiento, muros en mal estado, fisuras visibles. Nada se arregló. Nada se revisó. Nada se priorizó. Y ahora llegan las prisas, las ruedas de prensa, los gestos vacíos.

Marimar lo deja claro: si los trenes hubieran estado en condiciones y hubiera ocurrido un accidente, sería una desgracia. Pero cuando se sabe que no están bien y no se hace nada, ya no hablamos de fatalidad. Hablamos de responsabilidad.

Ella no habla de partidos. Lo repite una y otra vez. Le da igual el color político. Aquí no han muerto votantes, han muerto seres humanos. Y por eso se negó a acudir a un funeral de Estado. No quiere compartir espacio con quienes, en sus palabras, han matado a su hermano por no hacer su trabajo.

Mientras tanto, el contraste es brutal. El pueblo responde. Psicólogos, Cruz Roja, compañeros, trabajadores, vecinos. Humanidad. Presencia. Apoyo real. Y frente a eso, políticos que aparecen para la foto, dan ruedas de prensa sin contenido y desaparecen.

Marimar no pide dinero. Lo dice de forma contundente. El dinero no le va a devolver a su hermano. Lo único que exige es justicia, inversión real y que nadie vuelva a trabajar ni a viajar con miedo. Que si alguien no es competente, se aparte y deje paso a quien sí lo sea.

También habla del dolor invisible. Del de los compañeros que vieron lo ocurrido. De los que ahora cierran los ojos y reviven la escena. De los que seguirán trabajando con una imagen grabada para siempre en la retina. De las familias rotas. De los niños que se han quedado sin padres. De una tragedia que no se borra cuando se apagan las cámaras.

Y lanza una pregunta que debería retumbar en cada despacho: ¿por qué solo se reacciona cuando hay muertos? ¿Por qué se arreglan las cosas a toro pasado? ¿Por qué se deja caer un muro, romper una vía o deteriorar una infraestructura hasta que alguien pierde la vida?

Esto no va de gritar ni de perder las formas. Va de decir las cosas como son. De exigir que se arreglen las vías, las carreteras, los muros y los puentes. De recordar que los impuestos están para eso, no para propaganda.

Marimar no se considera valiente. Dice que lo que tiene ahora es rabia. Y esa rabia es la que la mantiene en pie. Porque sabe que, cuando pase el ruido, las familias se quedarán solas con su duelo, mientras otros seguirán con su vida como si nada.

Por eso habla. Por su hermano. Por los 45 fallecidos. Por la familia ferroviaria. Por los que avisaron y no fueron escuchados. Por los que aún hoy se suben a un tren sin saber si llegarán.

Esto no fue un accidente.
Y se pudo evitar.

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