Posible atentado de falsa bandera en España: cuando el aviso oficial ya es parte del problema

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Lo digo con toda claridad porque callar también es una forma de colaborar. Cuando un presidente del Gobierno anuncia públicamente que podría producirse un atentado en España, algo no encaja. No es normal. Nunca lo ha sido. Cuando los servicios de inteligencia manejan información sensible, no se filtra, no se airea y no se utiliza como munición política. Y sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Según fuentes de inteligencia españolas cercanas al CNI, se estaría preparando antes del 8 de enero un posible atentado de falsa bandera. ¿Qué significa esto? Algo muy sencillo y muy grave: alguien comete una barbaridad y se señala a otro como autor. Un engaño masivo a la población. Un golpe de efecto. Un “aquí ha pasado algo terrible” que lo tapa todo.

¿Y qué es ese “todo”? La corrupción que rodea al PSOE, los nombres que ya conocen de sobra, los escándalos que cercan al Gobierno y que ya no consiguen apagar ni con propaganda ni con miedo. Un atentado lo cambiaría todo. Desplazaría la agenda, justificaría medidas excepcionales, permitiría controlar el relato y, llegado el caso, precipitar elecciones bajo el shock emocional.

Por eso resulta tan inquietante que se haya filtrado que el Ministerio del Interior ha reforzado la seguridad de embajadas como las de Estados Unidos o Reino Unido, y que se hable indistintamente de ataques palestinos, yihadistas o incluso israelíes. Todo a la vez. Todo confuso. Todo oportunamente difuso.

Esto no es información preventiva. Esto es preparar el terreno. Avisar para poder decir después “ya lo advertimos”. Y mientras tanto, el CNI está en alerta diaria intentando impedir que algo así ocurra. Porque la información que llega es aún más escalofriante: habría interés político en que sucediera.

No hablo a la ligera. A mí también me costó creerlo cuando me lo contaron. Pensé que era imposible que alguien, por puro cálculo político, pudiera acercarse a elementos del terrorismo internacional para provocar un suceso en España. Pero la respuesta fue demoledora: “Ya ocurrió una vez”.

El 11-M llevó inesperadamente a José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa. Nunca fue un atentado yihadista, como demuestra que esa palabra no aparezca en la sentencia. Tampoco fue ETA. Fueron servicios de inteligencia extranjeros, con colaboraciones internas, pruebas falsas y silencios muy convenientes. Israel quiso investigarlo. Zapatero se negó. Nunca explicó por qué.

Hoy el contexto es distinto, pero la lógica del poder desesperado es la misma. Se habla de ultras, de balas enviadas, de ataques inventados, de grupos que no existían. Se busca una acción. Y cuando un Gobierno empieza a necesitar una tragedia para sobrevivir políticamente, el peligro es real.

Por eso lo digo sin rodeos: cualquier atentado, hecho violento o suceso salvaje que ocurra en España en este contexto debe ser analizado con máxima cautela. Pregunten quién gana. Pregunten a quién beneficia. Pregunten por qué se avisó antes.

No queremos mártires. No queremos sangre. No queremos víctimas usadas como herramienta política. Ya hemos visto demasiadas veces cómo algunos convierten la muerte en votos.

Ojalá todo esto no sea más que una nube que no descarga. Ojalá. Pero mi obligación es advertirles. Investigar es no mirar hacia otro lado.

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