España bajo una tensión fabricada: cuando la política entra en casa y rompe familias

Una mesa de Navidad en silencio. Miradas que evitan el cruce y palabras que no se dicen. La política ha entrado en casa y ha roto algo más que el debate: ha fracturado la convivencia familiar.
Compártelo:

Llevo tiempo diciéndolo y esta Navidad vuelve a confirmarlo: la fractura social que vivimos en España no es casual. No ha surgido de manera espontánea ni es fruto de una discrepancia sana entre ideas distintas. Es una tensión fabricada, alimentada desde arriba, que ha terminado colándose en el lugar más íntimo que nos queda: la familia.

Los datos son demoledores. El 14 % de los españoles ha roto relaciones personales por motivos políticos. Y tres de cada cinco familias evitan hablar de política en Nochebuena o en Navidad para no acabar enfrentadas. Se habla del tiempo, de cualquier cosa banal, pero se levanta un muro invisible cuando aparece la palabra prohibida. Eso no es convivencia. Eso es miedo.

Esto no ocurría así. Y cuando algo cambia de forma tan profunda, conviene preguntarse quién gana con ello.

España vive instalada en una polarización permanente, en un enfrentamiento constante que no busca convencer, sino dividir. Se ha destruido deliberadamente la idea de proyecto común. Se ha sustituido el debate por el señalamiento, la discrepancia por la sospecha. Y el resultado es una sociedad que se autocensura incluso en su propia casa.

He escuchado a personas reconocer que prefieren callar delante de sus hijos, de sus padres o de sus hermanos. Que evitan una opinión para no romper la paz familiar. Eso es gravísimo. Porque cuando el silencio se impone en el hogar, la libertad ya está tocada.

Nada de esto es accidental. La tensión ha sido utilizada como herramienta política. Se ha alimentado el enfrentamiento porque moviliza, porque crea bandos, porque fideliza desde el miedo. Se ha normalizado la idea de que hay españoles buenos y españoles malos. Y cuando eso ocurre, la convivencia se resquebraja.

Algunos recordaban estos días épocas que creíamos superadas. Momentos en los que no se podía hablar con libertad por temor a la represalia social, al señalamiento o al aislamiento. Que esa comparación vuelva a surgir en 2025 debería encender todas las alarmas.

El problema no es que existan ideas distintas. Eso es sano. El problema es que se ha roto el marco común, el suelo compartido desde el que discutir. Y cuando eso desaparece, la política deja de ser un espacio de solución para convertirse en un factor de conflicto permanente.

No es casual que muchas personas identifiquen este clima con una estrategia consciente. Con una forma de gobernar basada en la división, en la confrontación constante, en la tensión como combustible del poder. Una tensión que no se queda en el Parlamento ni en los platós, sino que baja al salón de casa y se sienta a la mesa.

Las consecuencias están ahí: amistades rotas, familias fracturadas, conversaciones mutiladas. Una sociedad cansada, crispada y silenciosa.

España necesita recuperar algo esencial: la capacidad de discrepar sin destruirse. De hablar sin miedo. De convivir sin trincheras. Porque cuando la política consigue romper familias, ya no estamos ante un problema ideológico, sino ante un fracaso colectivo inducido.

Y eso, nos guste o no, alguien lo ha provocado.

💬 Tu opinión cuenta: participa en los comentarios

Suscríbete ahora para no perderte nada

Recibe cada semana las noticias que otros prefieren ocultarte.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Compártelo:

Más noticias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.