Diosdado quiere ser Delcy

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Hoy Venezuela vuelve a retratarse a sí misma. Una marcha y una contramarcha en el mismo día, dos caras de un país roto que intenta decidir si sigue arrodillado o empieza a levantarse.

Los sindicatos han convocado la suya con razones de sobra. Hablar de pensiones y salarios en un país donde se cobra apenas 30 céntimos de dólar al mes es una obscenidad. Ir al supermercado y no bajar de los 100 dólares por lo básico es directamente una condena. Hay hambre. Hambre física y hambre de libertad.

Pero frente a esa realidad, el régimen responde como siempre: con miedo.

Diosdado Cabello, un hombre que sin armas no es nadie, ha convocado su propia movilización. La ha llamado, sin rubor, “marcha por la paz”. La paz de los fusiles, la paz de las milicias, la paz del control.

Porque esa es su única estrategia: armar, vigilar, intimidar. Repartir armas, entrenar milicias, organizar patrullas que detienen coches sin motivo. Todo para mantener un sistema que ya no se sostiene por sí mismo.

Mientras tanto, en los despachos, se juega otra partida.

Delcy Rodríguez ha salido de la lista de sancionados. Puede acceder de nuevo a su dinero, a sus cuentas en Suiza, a sus lingotes de oro en Estambul. Todo lo que sacó del país mientras el pueblo se hundía.

Pero no es libre. Estados Unidos la mantiene en el tablero, como una pieza útil, manejable, prescindible.

Le han pedido que rehaga el poder judicial. Que proponga nombres. Y no han aceptado ni uno solo.

El mensaje es claro: nadie confía en el sistema chavista. Nadie.

Y en medio de todo esto, Cabello intenta desesperadamente ganar protagonismo. Quiere ser Delcy Rodríguez. Quiere negociar con Estados Unidos. Quiere existir políticamente. Pero no negocian con él. Solo le exigen dos cosas: que desmantele las milicias y que entregue nombres del narcotráfico.

No ha hecho ninguna.

En lugar de eso, lanza bulos. Se inventa que ya no está siendo buscado por 25 millones de dólares. Es falso.

Es el comportamiento clásico de quien sabe que su tiempo se acaba.

Venezuela está en una fase lenta, pero irreversible. El chavismo sigue, pero ya no tiene futuro. Como el castrismo en Cuba.

Y mientras tanto, la oposición se mueve.

María Corina Machado ha tomado una decisión clave: no arriesgar su vida entrando en Venezuela sin garantías. Vendrá a Madrid. El 18 de abril se reunirá con Edmundo González en la Puerta del Sol.

Un gesto simbólico, pero también estratégico.

Porque España se ha convertido en refugio… y también en campo de batalla. Aquí están todos: víctimas y verdugos, exiliados y responsables. Y demasiados de los segundos viven cómodamente, haciendo negocios, sin rendir cuentas.

Lo que ocurre hoy en Venezuela no es solo una historia local.

Es el retrato de cómo un régimen aguanta cuando pierde el apoyo del pueblo: con dinero robado, con armas y con miedo.

Y aun así, cae.

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