El rey marroquí se mueve libremente por Ceuta y el rey de España prohibido
Hay imágenes, testimonios y situaciones que resumen mejor que mil discursos el estado real de una nación. Y lo que ocurre con Ceuta es una de ellas. Porque mientras el rey de Marruecos puede moverse por tierra, mar y aire en torno a Ceuta con absoluta libertad, el rey de España, Felipe VI, no ha podido pisar Ceuta ni Melilla ni como príncipe ni como monarca.
Esa es la paradoja. Esa es la humillación. Y esa es la pregunta que deberíamos hacernos todos: ¿cómo puede ser que el rey de un país vecino, que mantiene una presión constante sobre nuestras ciudades autónomas, se mueva por Ceuta con normalidad, mientras el jefe del Estado español no puede visitar una parte de su propio país?
María José lo contó desde Ceuta
Nos lo recordaba María José, una ceutí de pro, que conoce perfectamente lo que allí ocurre porque en Ceuta todo se sabe. Allí la gente se conoce, allí las visitas no pasan desapercibidas y allí las cosas terminan saliendo a la luz.
María José planteaba una pregunta de sentido común: ¿por qué tenemos tanto miramiento con que no se enfade el monarca del reino de Marruecos? Sobre todo cuando, según se relató en el programa, Mohamed VI se mueve por aguas próximas a Ceuta, cruza zonas sensibles, utiliza su yate, va con su seguridad y se desplaza con una libertad que contrasta de forma escandalosa con las limitaciones impuestas al propio rey de España.
Se habló incluso de sus visitas al casino de Ceuta. De su entrada y salida de la ciudad cuando le interesa. De trabajadores que le habrían visto de cerca. De una seguridad que le acompaña. De autoridades fronterizas que conocen esos movimientos. Todo ello mientras al rey español se le niega, en la práctica, la posibilidad de ejercer un gesto básico de soberanía: visitar Ceuta y Melilla.
Dos reyes y una soberanía en cuestión
La cuestión de fondo no es anecdótica. No hablamos de una visita privada, de un casino o de un barco. Hablamos de soberanía.
Mohamed VI puede venir a Ceuta, moverse por su entorno, acercarse por mar, utilizar sus embarcaciones y ser protegido para que nada le ocurra. Y, sin embargo, Felipe VI no ha podido pisar Ceuta ni Melilla. No lo hizo como príncipe. No lo ha hecho como rey.
Según se recordó en el programa, no le dejó Mariano Rajoy y no le ha dejado Pedro Sánchez. El último presidente que pisó Ceuta y Melilla fue José Luis Rodríguez Zapatero, pero sin la compañía del rey, para no molestar, una vez más, al monarca marroquí.
Esto no es normal. No puede ser normal. Si Ceuta y Melilla son España, el jefe del Estado español debe poder visitarlas sin pedir permiso emocional, diplomático o político a Marruecos.
El yate, el casino y la normalidad del privilegio
También se habló del velero Badis 1, propiedad del rey de Marruecos, presentado como uno de los veleros más caros del mundo, valorado en torno a los 100 millones de dólares. Se mencionaron sus dimensiones, su lujo y su uso habitual en la zona próxima a Ceuta.
Mohamed VI, según se explicó, tiene una fortuna enorme y varios palacios, entre ellos uno de sus lugares preferidos cerca del Rincón, a unos 25 kilómetros de Ceuta. Desde allí, se acercaría con lancha rápida a zonas próximas a la costa ceutí, incluso a espacios donde puede bañarse con tranquilidad.
Insisto: el problema no es que un rey tenga un yate. El problema es el contraste. El rey de Marruecos se mueve. El rey de España no. El monarca vecino entra y sale. El nuestro no pisa. El jefe del Estado de un país que presiona sobre Ceuta y Melilla actúa con naturalidad. El jefe del Estado español permanece ausente de dos ciudades españolas.
Una ausencia que los ceutíes sienten
En Ceuta esto se vive de forma muy distinta a como se observa desde Madrid. Para muchos españoles de la península, Ceuta aparece en las noticias solo cuando hay crisis migratorias, asaltos a la frontera, inseguridad o tensión diplomática. Pero para quienes viven allí, cada gesto cuenta.
Cuenta que Felipe VI no haya ido. Cuenta que los gobiernos eviten esa visita. Cuenta que Marruecos se moleste ante cualquier gesto español de soberanía. Y cuenta, sobre todo, que España parezca asumir ese veto como si fuera algo inevitable.
Ceuta no necesita solo declaraciones. Necesita presencia institucional. Necesita símbolos. Necesita ver que el Estado está allí, que no se esconde, que no mira hacia otro lado y que no actúa como si visitar Ceuta fuera una provocación.
Porque no lo es. Visitar Ceuta no es provocar a nadie. Es visitar España.
La sumisión convertida en costumbre
Lo grave de esta situación es que nos hemos acostumbrado. Hemos asumido como normal que Marruecos marque el terreno, que España mida cada palabra, que nuestros gobiernos actúen con miedo y que cualquier gesto soberano se posponga para no molestar a Rabat.
Y mientras tanto, Mohamed VI sí se mueve. Sus equipos de seguridad se coordinan. Sus visitas se conocen. Sus desplazamientos se protegen. Su presencia no se trata como una provocación. Pero si Felipe VI quisiera visitar Ceuta o Melilla, enseguida aparecerían los prudentes, los diplomáticos, los asesores y los cobardes de siempre diciendo que no es el momento.
¿Cuándo será el momento? ¿Cuando Marruecos reclame más? ¿Cuando Ceuta esté más presionada? ¿Cuando Melilla esté más abandonada? ¿Cuando la soberanía española sea ya solo una frase hueca?
El gesto que España necesita
Felipe VI debería visitar Ceuta y Melilla. No como desafío, sino como normalidad institucional. No como provocación, sino como reconocimiento a los españoles que viven allí. No para irritar a Marruecos, sino para recordar algo elemental: Ceuta y Melilla son España.
Si el rey de Marruecos puede moverse libremente por Ceuta, el rey de España debe poder pisarla con mucha más razón. Lo contrario no es prudencia. Es sumisión.
Y esa sumisión, cuando se acepta durante años, termina convirtiéndose en política de Estado.

