Estamos ante un sistema absolutamente corrupto
Francisco Bendala no habla desde la teoría ni desde la ideología. Habla desde la experiencia. Y lo que describe es un sistema podrido por dentro, donde la corrupción, la negligencia y la incompetencia no son excepciones, sino norma.
Bendala es tajante: esto no es un accidente, es la consecuencia directa de décadas de corrupción institucional. Cuando el dinero público no se destina a lo que debe —seguridad, mantenimiento, prevención—, las matemáticas no fallan: llegan las muertes.
Lo explica con crudeza. La corrupción no es solo llevarse dinero a casa. La corrupción mata. Mata cuando no se mantiene una vía, cuando no se revisa una soldadura, cuando se coloca a personas incompetentes en puestos críticos, cuando se destruye o se deja desaparecer una prueba clave.
El teniente coronel pone el foco en el factor humano. Centros de control gestionados por personas que no reaccionan ante una emergencia, respuestas impropias ante heridos graves, descoordinación absoluta. No es falta de medios. Es falta de profesionalidad y de responsabilidad.
Y aquí introduce una idea esencial: la confusión deliberada. Versiones que cambian, relatos que se contradicen, información fragmentada. No para aclarar, sino para cansar. Para que la sociedad llegue a un punto en el que diga: “ya no se puede saber la verdad”.
Bendala no compra ese juego. Insiste en que la responsabilidad es clara y está en quienes tenían la obligación de vigilar, controlar y garantizar la seguridad. No en los ciudadanos. No en las víctimas.
Recuerda además que esto no es un caso aislado. Lo hemos visto en otras tragedias: trenes, inundaciones, apagones, catástrofes mal gestionadas. Siempre el mismo patrón. Siempre los mismos pagando las consecuencias.
Su mensaje final es directo: mientras este sistema siga protegiéndose a sí mismo, las instituciones seguirán fallando. Y cuando fallan en ámbitos críticos, el precio se mide en vidas humanas.
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