La Monarquía bajo el microscopio: ¿Aliado o freno ante el totalitarismo?

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Mi preocupación por la deriva de España me lleva a observar con lupa cada gesto, cada imagen que emana de las más altas instituciones del Estado. Y, sinceramente, hay algo en la aparente cordialidad entre el Rey Felipe VI y el presidente Pedro Sánchez que me genera profundas dudas. No se trata de querer ver a Su Majestad enfadado, ni de buscar la confrontación por la confrontación. Pero sí de cuestionar hasta qué punto es necesario compadrear tanto, hasta dónde deben llegar los gestos, los abrazos y las risitas cuando el país atraviesa una situación tan delicada, marcada por la incertidumbre y la erosión de los principios democráticos.

¿Es el Rey consciente de lo que estamos sufriendo los españoles? En ocasiones, lo dudo. La distancia entre la Zarzuela y la realidad cotidiana de millones de ciudadanos es, a veces, abismal. Sin embargo, hace poco, tuve la oportunidad de reunirme con un embajador de un estado muy potente, una persona influyente en el panorama internacional, y me aseguró que en su encuentro con el Monarca, este se mostró «al tanto de todo y muy claro y muy consciente de todo a nivel mundial y a nivel local». Si esto es así, si el Rey realmente conoce la gravedad de la situación, si es plenamente consciente de las amenazas internas y externas que acechan a nuestra nación, ¿por qué esos comportamientos, por qué esa aparente sintonía con un gobierno que muchos percibimos como una amenaza latente? Es una contradicción que clama al cielo y que exige una explicación, o al menos, una actitud más acorde con el momento histórico que vivimos.

El dilema del Monarca y el freno necesario ante la deriva

No podemos olvidar, y yo que vivo en Cataluña lo tengo muy presente, que el Rey dio la cara en el 2017. Salió a defender la unidad de España con una firmeza que sorprendió y tranquilizó a muchos, cuando, podríamos decir, no le correspondía directamente por su función constitucional. Aquel gesto fue un baluarte en un momento crítico para la nación, y por ello le estoy profundamente agradecido. Su intervención fue decisiva para marcar un límite. Pero la pregunta que flota en el aire, y que muchos ciudadanos se hacen, es: ¿por qué contra Mariano Rajoy el Rey se atrevía a mostrar una postura más distante o crítica, y contra Sánchez no? ¿Qué ha cambiado en el escenario político o en la percepción de la amenaza?

Mi teoría, y la expongo aquí sin tapujos, es clara y creo que compartida por una parte significativa de la sociedad. Mariano Rajoy, con sus defectos o virtudes, era un político dentro del marco democrático, con sus aciertos y errores. Pedro Sánchez, por el contrario, representa a lo que considero una organización criminal capaz de todo, y ese «todo» incluye, sin duda, acabar con la monarquía parlamentaria y con el propio sistema constitucional. Lo que me resulta incomprensible es que, en lugar de ser el parapeto, el freno que la Constitución le atribuye para salvaguardar la estabilidad institucional y la unidad de la nación, el Rey se convierta en un aparente aliado. Ojalá, y lo digo de corazón, nos esté engañando a todos con esta fachada de cordialidad, y lo que vemos sea solo una estrategia hábil para dorar la píldora a un narcisista, que sabemos bien que eso le encanta y le alimenta el ego. Que sea una táctica para ganar tiempo o para desactivar una amenaza mayor desde dentro.

La preocupación por el futuro de la monarquía es palpable. Las voces que claman por una tercera república son cada vez más numerosas y el terreno se abona para ello. En esta coyuntura, el Rey tiene que tener muchísimo cuidado. La mínima salida de tono, el más leve «salirse del tiesto» en un momento inoportuno, podría ser la excusa perfecta para aquellos que desean derrocarlo y desmantelar el sistema. Es lo que buscan, y son muy relevantes los gestos que se dan, porque cada imagen, cada apretón de manos, cada sonrisa, es interpretada y utilizada en el tablero político.

La voz de la realeza disidente y el peso de una sonrisa

En este contexto de incertidumbre y tensión institucional, las palabras de Sofía de Borbón, prima del Rey, resuenan con una fuerza particular. Ella, una de las organizadoras de la marcha por la dignidad que tendrá lugar en Marbella el próximo domingo 26 a las 8 de la tarde, no dudó en invitar públicamente a su primo a sumarse a esta iniciativa ciudadana. Y fue aún más allá, expresando una opinión que muchos comparten en voz baja, pero que pocos se atreven a verbalizar con tanta claridad: «Su majestad, don Felipe VI, nació como heredero a la corona, pero yo pienso que no siempre a quien le corresponde por nacimiento está capacitado para ello. Y don Felipe, con perdón, yo creo que no tiene los atributos suficientes como para ser el rey de una nación tan grande como nuestra España.»

Es una afirmación contundente, que pone de manifiesto la inquietud no solo de la ciudadanía, sino de una parte de la propia familia real, sobre la capacidad y la actitud del Monarca ante los desafíos actuales. Y refuerza la idea de que los ciudadanos, los civiles, debemos dar un paso al frente y asumir nuestra responsabilidad si el Monarca no lo hace o no puede hacerlo. Como bien se ha dicho, lo ideal sería organizar una manifestación en toda España el mismo día, una movilización masiva que demuestre la voluntad de un pueblo.

No podemos subestimar el poder simbólico de los gestos. Son muy importantes, muy relevantes en la política y en la percepción pública. Y, sinceramente, una sonrisa a una persona que nos quiere llevar al totalitarismo, pues no se le debería dar, la verdad. La situación es grave y requiere una reflexión profunda sobre el papel de la monarquía en la España actual. La defensa de los valores democráticos, de la Constitución y de la libertad de la nación no pueden supeditarse a una aparente cordialidad que, lejos de tranquilizar a la población, solo aviva las dudas, la desconfianza y la profunda preocupación por el rumbo que está tomando nuestro país.

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Quienes deseen ampliar la información y conocer el análisis completo pueden acceder al programa íntegro en el canal de YouTube de Albert Castillón.

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