La historia de Melchor Rodríguez, el anarquista que arriesgó su vida en la Guerra Civil

Nos gustan los héroes anónimos, a menudo no recordados por la historia, y nos gusta levantar su espíritu y su alma contando su historia cada semana de la mano del historiador Paco Álvarez. Hoy ponemos el foco en Melchor Rodríguez García, un sindicalista y anarquista español que salvó la vida de cientos de presos en la retaguardia durante la Guerra Civil española, convirtiéndose en una figura singular que no encajaba en los moldes sectarios de ningún bando.
De Triana a Madrid: Una juventud intensa
Tal como relata el historiador Paco Álvarez, Melchor Rodríguez nació en el barrio de Triana, en Sevilla, en 1893, en el seno de una familia numerosa que quedó huérfana de padre cuando él era muy crío. A los 13 años tuvo que ponerse a trabajar de calderero para ayudar en casa y probó distintas suertes hasta que, en 1918, llegó a debutar como torero en Madrid. Cuando esa etapa concluyó, se quedó en la capital como chapista, un oficio que le llevó a interesarse por los movimientos obreros.
Tras comprobar que la UGT no respondía a sus expectativas, se afilió a la CNT y abrazó el anarquismo. Su activismo le costó pisar la cárcel tanto en tiempos de Alfonso XIII como durante la Segunda República por defender los derechos de los obreros, evidenciando una trayectoria de firme convicción social anterior al estallido bélico.
El ‘Ángel Rojo’ contra las sacas y las ejecuciones
Con el inicio de la Guerra Civil en 1936, Rodríguez fue nombrado inspector de prisiones de Madrid. Lejos de asumir un cargo nominal, constató la violencia arbitraria que se ejercía contra los detenidos por motivos ideológicos. Ante esta situación, se puso en contacto con el cuerpo diplomático para denunciar las actuaciones que el propio bando republicano estaba cometiendo y exigió plenos poderes al entonces ministro de Justicia, el anarquista García Oliver.
A partir de ese momento, su labor consistió en interponerse físicamente entre los milicianos que querían asesinar a los presos y las propias víctimas. Frenó las famosas sacas, aquellos traslados ficticios que terminaban en ejecuciones en descampados, y utilizó su autoridad para esconder a condenados a muerte en su propia oficina del palacio de Viana, en su domicilio particular o facilitando su salida hacia Francia mediante salvoconductos, sin importar la ideología de los afectados.
Paco Álvarez recuerda episodios de máxima tensión como el ocurrido en Alcalá de Henares, donde un bombardeo del Ejército Nacional provocó víctimas civiles que desataron la furia de una turba dispuesta a masacrar a los presos de la cárcel. Rodríguez se personó urgentemente en el lugar y se interpuso físicamente entre los milicianos armados y los internos, logrando salvarles la vida a todos, un hecho que hoy recuerda una placa en la calle Santelmo.
Un legado transversal y una posguerra de prisión
A pesar de haber salvado a figuras tan destacadas del bando nacional como Agustín Muñoz Grandes (futuro general jefe de la División Azul), Ramón Serrano Suñer, el doctor Gómeza, los hermanos Luca de Tena (del diario ABC), el locutor Bobby Deglané, el portero Ricardo Zamora o Raimundo Fernández Cuesta (jefe de Falange), y de que muchos de ellos testificaron a su favor, Melchor Rodríguez cumplió cuatro años de prisión tras finalizar la contienda.
Al salir de la cárcel permaneció en España, fiel a sus ideas en la CNT hasta su fallecimiento en 1972. El mayor testimonio de su carácter transversal ocurrió precisamente en su entierro, al que acudieron juntos militantes anarquistas de la CNT y falangistas, impidiendo que la policía hostigara a los asistentes y despidiendo su féretro entre cánticos cruzados de *A las barricadas* y el *Cara al sol* junto a la bandera anarquista.
Dijo, «Se puede morir por ideas, pero nunca matarlas», una frase que resume el legado de un hombre íntegro en tiempos de intransigencia.
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