El Rey solo dice lo que quiere Pedro Sánchez: cuando el poder secuestra las instituciones
Hay momentos en los que las palabras dejan de ser opiniones y pasan a ser diagnósticos. La conversación que mantuvimos con Álvaro de Marichalar y Carlos Marcos fue exactamente eso: un retrato crudo del estado real de las instituciones en España.
Marichalar no se anda con rodeos. Lo dice con una frase que resume toda una legislatura: “El Rey solo dice lo que quiere Pedro Sánchez”. Y lo sostiene con hechos, no con consignas. Un discurso navideño sin referencias a lo que preocupa a los españoles, sin símbolos, sin denuncia de la corrupción, sin una sola palabra incómoda para el poder. Un mensaje que parecía escrito en La Moncloa y leído en Zarzuela.
Aquí no estamos hablando de un error puntual ni de un mal asesoramiento. Estamos hablando de una institución condicionada, de un jefe del Estado que no puede —o no le dejan— ejercer el papel que la Constitución le asigna. Cuando el Rey evita sistemáticamente los temas que incomodan al Gobierno y se permite señalar a los “populismos” en abstracto, el mensaje está claro y dirigido.
Carlos Marcos va aún más lejos y pone nombre a lo que muchos perciben y pocos se atreven a decir: Pedro Sánchez ha secuestrado todas las instituciones, como hacen los peores dictadores. No es una exageración retórica. Es una descripción de manual.
Gobernar por decreto, sortear el Parlamento, controlar el relato mediático con dinero público, colonizar organismos, influir en la justicia, condicionar a la monarquía y utilizar el miedo como herramienta política. Eso no es una anomalía democrática: es un patrón autoritario.
Marcos lo explica con una imagen tan simple como inquietante: un mono con una pistola. No porque sea imprevisible, sino porque es profundamente irresponsable. Alguien que sonríe, ríe y banaliza mientras enseña el Palacio de la Moncloa como si fuera su casa particular, cuando en realidad pertenece a todos los españoles.
Mientras tanto, el coste económico y social es brutal. Más impuestos, más asesores colocados a dedo, más gasto político y más deuda que pagarán nuestros hijos y nuestros nietos. Se recauda como nunca, se exprime a la clase media y se reparte para comprar voluntades. Pan para hoy, ruina para mañana.
Lo más grave no es solo el abuso del poder, sino la normalización del abuso. La anestesia social. El miedo a hablar. El “mejor no significarse”. Esa sensación de que decir lo que piensas puede costarte el trabajo, la reputación o algo peor. Y eso, cuando ocurre, significa que la democracia ya está dañada, aunque siga celebrando elecciones.
Marichalar lo resume con una claridad incómoda: cuando el Rey no protege a quienes sostienen la institución y protege a quienes la erosionan, algo esencial se ha roto. Y cuando un Gobierno consigue que nadie le frene, ni desde el Parlamento, ni desde los tribunales, ni desde la Jefatura del Estado, el problema deja de ser político y pasa a ser estructural.
Esto no va de izquierdas o derechas. Va de límites. Y hoy en España, esos límites han sido borrados.
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