Caracas bombardeada
Lo primero que ocurrió en Caracas fue el miedo. El miedo a no saber qué estaba pasando. A las dos de la madrugada comenzaron a escucharse detonaciones, explosiones, y helicópteros de Estados Unidos sobrevolando la ciudad. No fue un rumor ni una exageración: Caracas estaba siendo bombardeada.
La ciudad había estado tranquila hasta ese momento. De pronto, ocho helicópteros cruzaban el cielo de la capital sin oposición alguna. No hubo respuesta del ejército bolivariano, ningún contraataque, ni siquiera una reacción simbólica. Todos esperaban algún movimiento, aunque fuera débil. No ocurrió.
Las imágenes que empezaron a llegar a la redacción eran directas, crudas, imposibles de ignorar. Grabadas desde balcones, coches, azoteas. Explosiones en lugares estratégicos, columnas de humo visibles desde el Ávila, gritos, carreras, gente intentando entender si aquello era real. Lo era.
Según la información recibida durante la madrugada, han sido bombardeadas bases militares, instalaciones navales, aeropuertos y centros de inteligencia. La base aérea de La Carlota, Fuerte Tiuna, el cuartel de la montaña, instalaciones en Maracay, La Guaira y otros puntos clave. Objetivos militares, no residenciales. A pesar de ello, hay edificios civiles dañados y el pánico se ha extendido por toda la ciudad.
Lo más llamativo es lo que no ocurrió: no se fue la luz, no se cortó internet para la población civil. Las comunicaciones del ejército sí habrían sido neutralizadas, pero el resto del país seguía conectado. Eso permitió que millones de personas dentro y fuera de Venezuela vieran en tiempo real lo que estaba pasando.
Los testimonios que llegaban eran estremecedores. Personas que hablaban de ataques de ansiedad, de padres mayores al borde del infarto, de hijos escondidos en casa con las luces apagadas. Otros optaron por huir, provocando caos en las salidas de Caracas, atascos, situaciones de riesgo. Desde aquí se insistía en un mensaje claro: quedarse en casa era más seguro que lanzarse a la carretera.
La reacción del régimen llegó en forma de comunicado. La República Bolivariana de Venezuela denunciaba una agresión imperialista, hablaba de violación del derecho internacional y llamaba al pueblo a salir a la calle. Ese llamamiento es, probablemente, lo más peligroso de toda la noche. Utilizar a la población civil como escudo humano en medio de un bombardeo es una irresponsabilidad criminal.
Mientras tanto, no hay constancia de un contraataque real. Se habla incluso de militares que han abandonado las armas y se han entregado. La imagen de un único tanque circulando por Caracas, viejo y averiado, resume mejor que mil palabras el estado del ejército bolivariano.
Lo que estamos viendo no se parece a Venezuela. Parece Gaza, parece Líbano, pero es Caracas. Una capital latinoamericana bombardeada de madrugada, con columnas de humo visibles al amanecer. Un hecho que muchos creían imposible y que, sin embargo, ha ocurrido.
Desde Washington se confirma que la operación está autorizada. Donald Trump habría dado la orden personalmente. El Pentágono reconoce la intervención. Se trata de una operación selectiva, quirúrgica, con drones y helicópteros CH-47 Chinook, acompañada —según se nos informa— de despliegue de fuerzas especiales en tierra cuyo objetivo final sería localizar y capturar a Nicolás Maduro y a la cúpula del régimen.
A estas horas, nadie sabe dónde está Maduro. Se le sitúa en búnkeres subterráneos, cambiando constantemente de ubicación. La pregunta ya no es si el régimen ha caído, sino cuánto tiempo puede sostenerse después de esto.
Es un día histórico. El 3 de enero de 2026 quedará marcado como la madrugada en la que Caracas fue bombardeada. Un episodio que nadie quería contar, pero que estamos contando. Porque cuando las bombas caen y el miedo se apodera de una ciudad entera, mirar hacia otro lado no es una opción.
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