Entrevista a Juan Almeida, hijo del comandante cubano, amigo de Fidel
“Lo de Cuba ya ni siquiera es dictadura, es una tiranía sin sentido, pero no creo que termine tan pronto como algunos dicen”
Hoy he tenido delante a un hombre que lleva a Cuba tatuada en la piel y la herida abierta en la memoria. Juan Almeida, hijo del comandante Juan Almeida Bosque, tercer pilar de la revolución junto a Fidel y Raúl Castro, se ha sentado conmigo para contar lo que casi nadie puede contar: cómo se ve el castrismo desde dentro, desde la mesa del comedor de los vencedores.
Su libro, Memorias de un guerrillero cubano desconocido, no es un homenaje a la revolución. Es el relato de su derrumbe moral. Juan creció rodeado de fotografías épicas, desfiles y consignas. En la escuela le enseñaban que Fidel, Raúl y su propio padre eran héroes casi divinos. Pero al llegar a casa veía otra cosa: hombres de carne y hueso, con sus miserias, sus borracheras, sus vanidades. Y esa grieta entre el mito y la realidad fue haciéndose cada vez más grande.
Tras la separación de sus padres, lo enviaron a vivir a la casa de Raúl Castro. Allí pasó varios años de su infancia. Lo que describe no es la imagen del líder firme que vendió la propaganda, sino la de un hombre autoritario, incapaz de aceptar una crítica, encerrado en una estructura casi feudal donde los hijos no podían levantar la voz. Habla de un Raúl marcado por el alcohol, por periodos de euforia y depresión, y lo define con una dureza que estremece: “un hombre sumamente cobarde”.
El destino de Juan estaba escrito: escuelas militares, formación en la KGB de Moscú, un futuro dentro de la nomenklatura. Pero algo se rompió. Intentó salir de Cuba, pidió tratamiento médico fuera de la isla, se plantó en la Plaza de la Revolución con huelgas de hambre para que le dejaran marchar. El régimen, que presume de humanismo, se lo negó todo. Ni siquiera al hijo del mejor amigo de Fidel se le permite escapar del engranaje.
Le pregunté si cree que el final está cerca. Fue prudente, casi dolorosamente realista. Se habla de negociaciones con Estados Unidos, de un plazo de once meses, de escenarios parecidos a Venezuela. Pero Juan no compra los titulares fáciles. Para él, lo que existe hoy en Cuba ya no es dictadura: es una tiranía sin sentido, y las tiranías no se derrumban por calendario.
También abordamos el papel del ejército. Muchos militares, dice, estarían dispuestos a apoyar un cambio si nace desde dentro, pero desconfían de cualquier intervención que suene a invasión. El miedo a otro Irak, a otra Libia, pesa más que el hambre.
Al despedirnos le dije que estoy convencido de que lo veremos volver. Que podrá visitar la tumba de su padre y reconciliar las Cubas que el castrismo ha esparcido por el mundo. No hablamos de utopías: hablamos de algo mucho más humilde y mucho más grande a la vez, vivir sin miedo y llegar a fin de mes en libertad.
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