Miquel Giménez: «Sánchez es un dictador y no se irá si no es escoltado por la UCO»
Miquel Giménez no tiene dudas al describir la deriva política del actual Gobierno. El autor del libro Cómo Sánchez destruye España sostiene que Pedro Sánchez actúa fuera de los márgenes habituales de una democracia liberal y que su salida del poder no será normal ni ordenada. “Sánchez es un dictador y no se irá si no es escoltado por la UCO”, afirma, convencido de que el presidente ha cruzado demasiadas líneas como para aceptar una retirada sin consecuencias.
Giménez no duda cuando se le pregunta por el futuro inmediato del país. Su tesis es clara y la repite sin matices: Pedro Sánchez actúa como un dictador y no abandonará el poder de forma normal. No porque no pueda perder elecciones, sino porque —según su análisis— ha ido demasiado lejos como para aceptar una salida limpia. “Sánchez no se irá si no es escoltado por la UCO”, afirma. Y no lo dice en sentido figurado.
Lo que describe Giménez no es una anécdota ni un exceso verbal. Habla de un patrón de comportamiento: ocupación progresiva de las instituciones, desprecio por la separación de poderes, utilización del Estado como propiedad privada y una huida permanente hacia adelante. En ese contexto, perder gobiernos autonómicos o territorios no le preocupa. Lo único relevante es mantenerse.
Durante la conversación surge una idea inquietante: el miedo ya no está en la calle, está en el poder. El miedo a que, una vez fuera, se revisen decisiones, se investiguen responsabilidades y se desmonten relatos. Ese miedo, sostiene Giménez, explica por qué Sánchez no contempla la retirada voluntaria y por qué prepara el terreno para una salida traumática. “El día que se vaya —porque se irá— las calles pueden arder”, advierte, no por un estallido espontáneo, sino porque quienes han vivido del sistema no toleran perderlo.
Giménez también es especialmente duro con la oposición, a la que considera débil, desorientada e incapaz de plantar cara, pero reserva sus palabras más severas para una parte del periodismo. Habla sin rodeos de medios comprados, de profesionales que han cambiado la fiscalización por el negocio y de un ecosistema mediático donde la crítica se penaliza y el silencio se premia. “Aquí no hay censura clásica; hay dependencia económica”, resume.
En ese contexto, explica por qué voces como la suya o la mía incomodan. No porque seamos más brillantes, sino porque no somos comprables. “Podríamos estar forrados”, dice, “pero hay algo que se llama espejo”. La frase no busca épica. Es una constatación incómoda: hay quien prefiere vivir peor antes que callar, y eso, hoy, resulta peligroso.
No escribo este artículo para convencer a nadie. Lo escribo para dejar constancia. Porque cuando dentro de unos años se repase este periodo, alguien podrá decir que hubo quien lo explicó sin eufemismos, sin miedo y sin esperar a que fuera cómodo hacerlo.
Y en tiempos como estos, eso ya es una forma de periodismo.
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