El capitán Santiago Cortés: el héroe olvidado que defendió a más de un centenar de civiles hasta el final
Hay nombres que deberían estar grabados en la memoria colectiva de España y, sin embargo, han sido relegados al olvido. Uno de ellos es el del capitán Santiago Cortés González, un hombre que protagonizó una de las páginas más extraordinarias de valor, sacrificio y responsabilidad de nuestra historia reciente.
Estos días hemos tenido la oportunidad de recordar su figura junto al historiador Paco Álvarez y, además, de conversar con su nieta, Carmelisa Cortés, que tuvo la generosidad de compartir con nosotros recuerdos familiares y documentos que ayudan a comprender mejor quién fue realmente aquel hombre.
El capitán Cortés defendió durante meses el Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Andújar, junto a un reducido grupo de guardias civiles y civiles que resistieron en unas condiciones extremas. Entre ellos había hombres, mujeres y niños.
Su nieta recordó que su abuelo no era el oficial de mayor rango cuando comenzó aquella situación. Sin embargo, las circunstancias acabaron situándolo al frente de la defensa. Lo hizo sin imponer nada a nadie. Según relató Carmelisa, reunió a quienes estaban allí y les dejó elegir libremente si querían permanecer junto a él o abandonar la posición.
Lo que vino después forma parte de una historia de resistencia que merece ser conocida por cualquier español.
Durante nuestra conversación, Carmelisa explicó cómo el recuerdo del capitán sigue vivo entre familiares y entre muchas personas que continúan visitando el santuario. Ella misma acude varias veces al año para rendir homenaje a su abuelo en la cripta donde reposan sus restos.
Pero hubo un momento especialmente emocionante.
Carmelisa compartió con nosotros el contenido de uno de los mensajes enviados por su abuelo apenas tres días antes de la caída del santuario.
En aquel escrito, fechado el 27 de abril de 1937, el capitán informaba de la llegada de nuevos blindados enemigos y solicitaba ayuda. Sin embargo, lo más conmovedor no era la descripción de la situación militar, sino una frase que define perfectamente quién era Santiago Cortés.
«No lo pido por mí, ya que al fin y al cabo mi vida vale poco, pero sí por los seres inocentes que me lo suplican, sin perder la esperanza de la liberación.»
A escasos días del desenlace, cuando conocía perfectamente la gravedad de la situación, seguía pensando antes en los civiles que protegía que en su propia vida.
Ese mensaje resume mejor que cualquier discurso el sentido del deber que guiaba sus decisiones.
También escuchamos una precisión histórica importante. Con frecuencia se afirma que el santuario se rindió. Carmelisa fue contundente al recordarnos que, según la memoria familiar y los hechos que conservan, el santuario no se rindió: cayó.
El capitán Santiago Cortés resultó herido y falleció al día siguiente, el 2 de mayo de 1937, tras ser trasladado desde el santuario.
Su figura sigue despertando admiración entre quienes conocen su historia. Sin embargo, resulta llamativo el escaso reconocimiento público que recibe en comparación con la magnitud de lo que protagonizó.
España ha tenido muchos héroes. Algunos aparecen en los libros, otros en monumentos y calles. Y luego están aquellos cuyos nombres sobreviven gracias al esfuerzo de sus familias y de quienes se niegan a que el tiempo los borre.
Santiago Cortés pertenece a esa categoría.
La de quienes entendieron que el honor no era una palabra vacía, sino una forma de vivir.
Y, llegado el momento, también una forma de morir.
Y cuando una cuestión de esta magnitud se mezcla con el calendario electoral, las preguntas son inevitables.
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