“El PSOE tenía armas en su sede y Fiscalía no hace nada”
Hay momentos en los que un país se retrata por lo que decide no investigar. Lo que hemos conocido esta semana sobre la aparición de armas en la sede del PSOE debería haber provocado un terremoto institucional. Sin embargo, reina un silencio que asusta.
Quien ha puesto palabras a esa gravedad ha sido Francisco Bendala, teniente coronel y antiguo agente del CESID. Su diagnóstico es demoledor: dos pistolas sin número de serie y una escopeta aparecieron en la calle Ferraz y, en lugar de avisar a la policía y levantar acta, se ordenó destruirlas con un soplete.
No lo cuenta un rumor. Lo reconoce el propio Koldo, que admite que recibió la orden de “quitarlas del medio” y que la instrucción vino del entonces secretario general, Pedro Sánchez. Un hecho que, de ser cierto, supone varios delitos encadenados: tenencia ilícita de armas, encubrimiento, destrucción de pruebas y obstrucción a la justicia.
Bendala lo explicó con la frialdad de quien conoce el terreno: esas pistolas “locas”, sin trazabilidad, solo se utilizan en el mundo criminal para cometer delitos sin dejar rastro. Nadie las guarda por casualidad en un almacén de partido político. Su mera presencia es ya una alarma roja.
Lo más inquietante no es solo que estuvieran allí, sino la reacción posterior. En un país con uno de los controles de armamento más estrictos de Europa, donde hasta a los militares retirados se les retira el permiso, la Fiscalía no ha movido un dedo. Como si todo esto fuera normal.
Yo me pregunto lo mismo que Bendala: ¿qué hacían esas armas en Ferraz?, ¿para qué estaban destinadas?, ¿quién las llevó? Destruirlas no fue un error administrativo, fue una decisión consciente para que nunca pudieran hablar.
José Luis Rancaño lo resumía con crudeza: mientras un autónomo no puede mover un euro sin que le caiga Hacienda encima, un partido de gobierno puede hacer desaparecer pistolas ilegales y no ocurre nada. Ese doble rasero es el que está pudriendo la confianza en las instituciones.
Bendala recordaba además un eco histórico incómodo: el PSOE ya acumuló armas en sus sedes en los años treinta, preparando una revolución fallida. Ver de nuevo ese fantasma asomarse en pleno siglo XXI es estremecedor.
No estamos ante un simple caso de corrupción. Estamos ante la sospecha de que en el corazón del poder se actuó como una estructura clandestina. Y un país que mira hacia otro lado cuando aparecen pistolas sin dueño es un país que ha empezado a perderse.
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