La estrategia china de penetración económica en España: la trampa de la ‘semiknockdown’ y el control de nuestra industria automovilística
Mis queridos lectores, lo que está sucediendo en España con la industria automovilística no es solo una cuestión económica; es una estrategia de penetración a gran escala que compromete nuestra soberanía y nuestra seguridad nacional. China ha encontrado la forma de sortear las barreras europeas, y nuestros políticos, de todos los colores, parecen abrirles las puertas de par en par.
El engaño de la ‘semiknockdown’: España como mano de obra barata
El caso de Santana Motor es paradigmático. La antigua gloria de la automoción española se ha transformado en un entramado donde la marca es española, sí, pero la empresa que fabrica es 100% china. Y no, no espere ver los clásicos Santana de nuestros abuelos. Lo que sale de esas líneas de producción son vehículos chinos que se ensamblan en España. Esto es lo que se conoce como la estrategia ‘semiknockdown’: los vehículos se fabrican y prueban en China, se desmontan, se traen en contenedores a España y aquí, en nuestras fábricas, se vuelven a ensamblar. ¿El objetivo? Eludir los aranceles de la Unión Europea.
La Unión Europea, consciente del peligro que corre su industria automovilística, ha impuesto aranceles a los vehículos eléctricos chinos. Pero China ha encontrado la trampa perfecta. En lugar de pagar esos aranceles, montan una fábrica en España, contratan a una serie de personas para labores de ensamblaje —puestos de trabajo de bajo valor, sin inversión ni desarrollo, sin ingenieros, sin la industria auxiliar que realmente genera riqueza— y le ponen el sello de ‘hecho en España’. Así de simple. España se ha convertido, desgraciadamente, en la mano de obra barata de China. Todo el beneficio, la tecnología, la investigación, se va fuera; aquí solo quedan los sueldos de los obreros que ensamblan. Y mientras prometen que, en el futuro, se hará más aquí, la realidad es que miles y miles de vehículos chinos inundan el mercado europeo a costes irrisorios, aniquilando la capacidad de competencia de nuestras marcas. No es de extrañar que gigantes como Volkswagen hayan anunciado una regulación de empleo que afectará a 100.000 empleos.
Eduardo Blanco y la red de influencias
Detrás de estos movimientos, encontramos figuras clave. Un personaje central es Eduardo Blanco, un empresario argentino que ejerce como CEO de Santana Motors y de Ebro, los dos grandes proyectos automovilísticos con participación china. Blanco, amigo personal de Jesús Calleja, ha liderado estas operaciones. En el caso de Ebro, la empresa es un 60% española y un 40% Chery, el fabricante chino, pero todo el *know-how* y los componentes provienen de China. En Santana, la situación es aún más llamativa: lo que empezó siendo un proyecto supuestamente 5% español y 95% chino, se constituyó inicialmente como 100% española bajo el liderazgo de Blanco. Sin embargo, un mes después, la empresa Coronet Tiberia, de capital chino, adquirió el 100% de Santana Factory. Una mala persona, como usted y yo, diría que Eduardo Blanco es un testaferro de los chinos. Las coincidencias son demasiadas.
Lo más indignante es el papel de nuestras instituciones. La Junta de Andalucía ha concedido una subvención directa de 1,14 millones de euros a Santana. Además, la nave donde se ubica la fábrica, propiedad de la Junta, ha recibido 700.000 euros para su reforma. Y por si fuera poco, se han invertido 15,4 millones de euros en la reactivación de todo el parque industrial de Santana, beneficiando indirectamente a la fábrica china. Estamos hablando de más de 20 millones de euros de dinero público español, invertidos en un proyecto que, en esencia, favorece a la industria china y daña la nuestra. ¿Cómo se explica que los líderes políticos, tanto del PSOE como del Partido Popular, vendan esto como una reindustrialización, cuando la realidad es que estamos regalando nuestra industria y nuestro futuro?
La sombra del Partido Comunista Chino y la seguridad nacional
No soy ingenuo, ni usted tampoco. Los tentáculos del Partido Comunista Chino son largos y su estrategia es clara: comprar a las élites de los países occidentales. Los casos del Qatar Gate o el Huawei Gate en Europa son solo la punta del iceberg. Nuestros líderes políticos, ya sea Pedro Sánchez o Juanma Moreno, viajan a China en viajes pagados por el propio PCC, y regresan para facilitar la instalación de estas fábricas de ensamblaje. El mercado automovilístico chino está saturado, necesitan sacar sus vehículos fuera, y España se ha convertido en su puerta de entrada.
Pero la cosa no se queda ahí, y aquí es donde la preocupación se vuelve mayúscula. En el acta fundacional de Santana Motors se especifica que su objeto social incluye no solo la automoción, sino también los vehículos de defensa. Esto significa que una empresa controlada por China podría fabricar armamento en España. Y el peligro no es hipotético. Hay planes para instalar una fábrica de coches china cerca de la ría de Ferrol, a metros de la base naval de Navantia, donde se construyen las fragatas F-110 con tecnología estadounidense. ¿De verdad vamos a permitir que China se instale junto a centros estratégicos de fabricación armamentística de la OTAN en España? Esto, en cualquier país del mundo, sería inaceptable.
China no es un país pacífico. Su historial de invasiones y hostigamiento a sus vecinos es incuestionable: Corea, Vietnam, Tíbet, Taiwán. Su perfil es el de una potencia militar expansionista, que opera bajo la mesa. Si observamos el rosario de puertos estratégicos que controlan por todo el mundo —El Pireo, Rotterdam, Valencia, Bilbao, Algeciras, Tánger—, nos damos cuenta de que están rodeando los estrechos estratégicos del mundo, incluido nuestro Estrecho de Gibraltar. Además, tienen leyes que exigen que todos sus barcos, incluso los mercantes, lleven un miembro del Partido Comunista Chino en el puente y sean construidos con capacidad para albergar y lanzar misiles. Esto no es una estrategia comercial; es una estrategia geopolítica de dominación.
Estamos cediendo nuestra industria, nuestro dinero y, lo que es más grave, nuestra seguridad a una potencia que tiene un plan de dominación global. Y lo hacemos, al parecer, con la complicidad de nuestras propias élites políticas.
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