El amargo sabor de la indignación: Nuestras Fuerzas Armadas y Policiales, maniatadas en Ceuta
Ceuta, nuestra ciudad autónoma, se ha convertido en el espejo de una realidad que nos golpea con la fuerza de la incomprensión y la indignación. Lo que me llega desde allí, de boca de quienes tienen la sagrada misión de proteger nuestras fronteras y nuestra soberanía, es un lamento amargo, una frustración que cala hasta los huesos. Nuestros militares y agentes en Ceuta, profesionales con una profunda vocación de servicio, se sienten replegados, literalmente arrinconados, con prohibido actuar.
La orden ha sido clara: salir de las calles, que no se les vea. Y cuando, en los peores momentos de la crisis migratoria, se les permitía estar, eran pocos y su directriz principal era no intervenir. ¡No intervenir! ¿Se imaginan el sentir de un militar, de un agente, viendo cómo invaden su país, cómo se quebranta la ley, y se les niega la posibilidad de cumplir con su deber más elemental? Es una situación tremenda, un castigo a la lealtad y al compromiso.
La indignación de quienes defienden España
Me transmiten una gran indignación. Una indignación justificada. De tener una presencia activa, de entablar conversaciones con la población migrante para promover el retorno voluntario, han pasado a una mera vigilancia ordinaria. La orden que impera sobre todas las demás es la de no intervenir y la de replegarse. Esto, obviamente, es incomprensible para ellos. En una circunstancia como la que hemos vivido, lo que se requiere es precisamente lo contrario: que esos militares, que esos agentes de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado, estén sobre el terreno, ayudando, protegiendo, evitando cualquier conato de violencia o cualquier escenario complejo.
Esos hombres y mujeres, desde los regulares hasta los legionarios, que están allí para defender España, se encuentran con las manos atadas. Sienten que “ya no sirven para mucho más”, dicho de forma suave. Y es que el gobierno, una vez más, nos está dejando peor que nunca, al no llevar a cabo ningún tipo de actuaciones que muestren al mundo una imagen de control y firmeza. España no puede ser un país donde se pueda entrar y quedarse indefinidamente sin consecuencias. Tenemos la oportunidad de proyectar una imagen de autoridad, pero se está desaprovechando, o peor, se está actuando en contra de nuestros propios intereses.
Un vallado en ruinas y una amenaza latente
Es crucial entender el contexto en el que se produce esta inacción. Contamos con más de 150.000 efectivos de la fuerza y cuerpo de seguridad del Estado. Muchos de ellos, de buena gana, irían a Ceuta a ayudar, a echar un cable, a identificar, a proteger el vallado fronterizo. Un vallado que, por cierto, requiere una revisión urgente. Porque mientras el de Melilla sí resistiría un aluvión masivo, el vallado fronterizo de Ceuta está muy deteriorado.
Al otro lado de la frontera, en la zona de Beliones, el monte Musa, y acercándose a la valla por trayectos terrestres, hay una masa de población subsahariana bastante cuantiosa, cercana a los 1000 individuos, parapetados y esperando el momento para intentar una entrada masiva. Si esa avalancha se produce, el vallado de Ceuta no resistirá. Debemos dar gracias a que esa masa de población no ha ido aún contra él, porque de haberlo hecho, habríamos presenciado una desgracia de magnitudes considerables.
Infiltración de inteligencia: una amenaza silenciosa
Pero la preocupación no termina ahí. En medio de esta situación caótica, se ha detectado la posible presencia de agentes de inteligencia y militares marroquíes entre la masa de población migrante. Su misión: evaluar nuestras vulnerabilidades a nivel militar, policial y territorial, y recabar información. Pueden estar valorando el comportamiento de nuestros militares, el armamento que llevan, los vehículos que utilizan. Pueden estar utilizando el caos para pasar desapercibidos y obtener información que va directamente contra nuestros intereses.
Por eso, es tan urgente el despliegue de unidades especializadas sobre el terreno. Unidades entrenadas para identificar a estos sujetos, que saben camuflarse, que logran integrarse con la población, incluso utilizando documentación fraudulenta. La inacción del gobierno ante esta realidad no solo desmoraliza a nuestras fuerzas, sino que pone en grave riesgo nuestra seguridad nacional.
La gratitud de estos profesionales hacia los medios que hemos tratado la situación con decencia es un triste consuelo. Ellos comprenden que reciben órdenes, pero esa comprensión se mezcla con la amargura de no poder actuar cuando más se les necesita. Es la crónica de una indignación que no podemos permitirnos ignorar.
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