El grito de abandono del campo español: La tragedia de David Lafoz y la asfixia de un sector vital
La sensación de abandono en los rostros de nuestros compatriotas del sector primario se ha vuelto, tristemente, recurrente. Es una secuencia que se repite, un bucle doloroso que observamos en aquellos que, en situaciones de emergencia y dificultad, más necesitan de nuestra ayuda: agricultores, ganaderos y pescadores.
Esta desolación se materializa en tragedias como la de David Lafoz, un joven que decidió quitarse la vida ante la desesperanza de un campo sin futuro. Su historia, la de un hombre que veía cómo su modo de vida se desvanecía bajo una presión insoportable, ha sido magistralmente capturada en el documental de José Luis Rancaño.
El clamor silenciado de David Lafoz
El documental de Rancaño no es solo un relato; es un espejo de la realidad que muchos evitan mirar. La emoción que ha generado es palpable. Oyentes me han confesado haber llorado al verlo, y no es para menos. En menos de cuatro días, ha alcanzado las 20.000 visualizaciones, un testimonio del impacto y la verdad que encierra. Confidenciales como Domínguez, Francisco, Isabel, María, José y Gabi, han compartido su sentir: «Una maravilla como todo lo que hace», «Es espectacular y 100% verdad todo lo que sale ahí», «Me he emocionado muchísimo. Desde luego, España y los españoles no nos merecemos todo lo que nos está pasando».
El documental arranca con la imagen de una caravana de tractores por una carretera, una manifestación que tuvo lugar el año pasado en Chinchón, organizada por asociaciones de agricultores independientes en honor a David Lafoz. Recuerdo estar rodando allí con mi hijo, que tiene la misma edad y se llama David, y sentir esa misma emoción, esa misma sensación de abandono en los rostros de los que luchan cada día. No hubo representación política relevante, ni presencia institucional, ni un solo medio de comunicación con presencia nacional. Pero sí estaba el pueblo español: la gente abría sus balcones, sacaba banderas españolas y aplaudía a los tractores que pasaban por la calle. Ese es el pueblo al que hay que rendir honores, y a ese pueblo rinde tributo el trabajo de Rancaño.
Las palabras que resuenan en el documental son desgarradoras: «Lo único que me queda es el dolor de no tenerlo. Firmar la herencia de un hijo. Eso es es muy triste». Y la advertencia es clara: «Se van a extinguir los agricultores y ganaderos. Lo lamentaremos todos y luego no habrá vuelta atrás».
Chema Ferrer, uno de nuestros confidenciales, ha compuesto una canción en memoria de David Lafoz, un gesto de sensibilidad que conmueve. Su letra habla de la tierra que guarda los nombres de quienes saben amar, de un hijo del horizonte con manos llenas de verdad, que no buscaba monumentos, solo mirar el cielo y sentir la tierra respirar. Porque hay hombres que no se marchan, aunque el tiempo diga lo contrario.
Un Estado depredador y una normativa europea criminal
La situación de nuestro sector primario es insostenible. Estamos bajo la bota de un estado depredador, de un estado controlador y de un estado vengativo. Cada productor es tratado como un sospechoso permanente, al que se le imponen cargas inasumibles, convirtiendo cada notificación en una situación de terror. Dos de cada tres días de nuestro trabajo, del fruto de nuestro trabajo, se lo quedan en impuestos, y luego, cuando hay necesidad, el Estado nos abandona a nuestra suerte.
Pero el problema va más allá de nuestras fronteras. Nuestros agricultores y ganaderos están esclavizados por una normativa europea que no es estúpida, es criminal. Tiene un objetivo claro: liquidar el campo europeo, no solo el español. Quieren acabar con los agricultores y ganaderos en Francia, en Italia, en toda Europa. A veces olvidamos que son estos hombres y mujeres los que llenan nuestras neveras, los que nos dan de comer, los que permiten que alimentemos a nuestros hijos y nietos.
La inquina hacia estos hombres del campo parece tener una razón: son libres, están alejados de las ciudades, mantienen en primera línea las tradiciones, las formas de vivir heredadas de padres, abuelos y antepasados. No son tan permeables a las influencias modernas, y por eso, parece que hay un deseo de acabar con ellos. Las normativas que se les aplican son criminales. Y ya no hablemos de la gente del mar; directamente, no va a haber nadie que coja un barco y salga a pescar.
Es este Estado controlador, con sus normas a nivel europeo, el que está destrozando uno de los pilares fundamentales de nuestra sociedad. Es un ataque directo a quienes producen el alimento, a quienes mantienen viva una parte esencial de nuestra identidad y de nuestra economía. Y es nuestro deber denunciarlo y apoyar a quienes, a pesar de todo, siguen luchando por el campo y por el mar.
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