Regalamos ayudas públicas al vehículo eléctrico y terminan en manos de empresas chinas
Hay titulares que explican un país entero.
Y este es uno de ellos.
Mientras en Europa —y en España— se reparten ayudas públicas millonarias en nombre de la transición ecológica, el dinero acaba fortaleciendo a empresas chinas que producen, ensamblan y controlan la cadena industrial del vehículo eléctrico.
No es una teoría. Es un hecho.
Y lo ha explicado con claridad Sandra Flores, periodista de The Epoch Times.
La pregunta ya no es si la transición es necesaria. La pregunta es a quién estamos financiando con dinero público.
Sandra Flores ha denunciado que las ayudas públicas destinadas a impulsar el vehículo eléctrico en Europa están beneficiando de forma directa a empresas chinas, no a la industria nacional ni a un tejido productivo propio.
El esquema es sencillo y preocupante:
- Los gobiernos europeos subvencionan la compra y el desarrollo del vehículo eléctrico
- Las marcas beneficiadas fabrican en China o dependen de componentes chinos
- El dinero público europeo termina reforzando a empresas extranjeras, muchas de ellas ligadas al aparato industrial del régimen chino
Baterías, tierras raras, ensamblaje, electrónica, software. La dependencia es casi total.
Y mientras tanto, la industria europea pierde capacidad, competitividad y soberanía.
No estamos hablando solo de coches.
Hablamos de una política industrial fallida, presentada como verde y sostenible, pero que externaliza riqueza, empleo y control estratégico.
El gran engaño de la transición “verde”
Según explica Flores, el discurso oficial vende la transición al vehículo eléctrico como una oportunidad histórica. Pero los datos muestran otra realidad:
- Europa paga
- China produce
- China cobra
- Europa depende
Todo ello bajo el paraguas de ayudas públicas, es decir, dinero de los ciudadanos.
El resultado es doblemente perverso:
- Se destruye industria local
- Se financia a un competidor geopolítico directo
¿Quién gana realmente?
No ganan los trabajadores europeos.
No gana la industria nacional.
No gana el consumidor, que paga vehículos más caros y dependientes.
Ganan las empresas chinas, que reciben una transferencia indirecta de fondos públicos europeos sin asumir los costes sociales, fiscales ni laborales que sí soportan las empresas locales.
Y todo esto ocurre sin un debate real, sin una auditoría seria y sin explicar a los ciudadanos dónde acaba su dinero.
La conclusión incómoda
La transición ecológica no puede ser una coartada para el suicidio industrial.
Si las ayudas públicas terminan financiando a terceros países, no estamos ante una política verde, sino ante una rendición económica.
Lo que se presenta como progreso puede acabar siendo dependencia.
Y cuando eso ocurre, el problema ya no es medioambiental.
Es estratégico.
Carta al Rey Felipe VI: una petición ciudadana
Miles de españoles piden que la Corona ejerza su papel constitucional con ejemplaridad e independencia.
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