Sánchez se irá exprimiendo hasta el último euro del dinero público

Pedro Sánchez / EFE
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Pedro Sánchez tiene los días contados. Lo sabe él y lo saben sus socios. Carlos Marcos lo explica sin rodeos: nadie va a echar a Sánchez. Solo él puede convocar elecciones y no piensa hacerlo. Mientras tanto, exprimirá el Estado hasta el final.

Vacaciones interminables, residencias oficiales convertidas en hoteles familiares, dispositivos de seguridad que cuestan cientos de miles de euros y una factura que siempre paga el mismo: el ciudadano. Solo una estancia en La Mareta ya costó 45.000 euros en compras, sin contar el despliegue real de seguridad, que multiplica esa cifra.

Sus socios tragan con todo. Sueldos de 80.000, 90.000 o 120.000 euros en cargos que jamás habrían soñado en el sector privado. Nadie se va a levantar de la mesa. Nadie va a dimitir. La corrupción, los abusos y el desgaste institucional son el precio a pagar por seguir viviendo del presupuesto público.

Sánchez aparece cada vez más desmejorado, con ojeras que ni el maquillaje tapa. No es solo cansancio. Es el desgaste de alguien que sabe que su ciclo está acabado, pero que no piensa irse sin llevarse todo lo posible por delante.

Utilizará Doñana, Lanzarote, Quintos de Mora o cualquier recurso del Estado como si fueran suyos. Porque cuando todo termine, no habrá vuelta atrás.

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