La sombra del petróleo venezolano: Guaidó, Delcy y la financiación que apunta a Sánchez
Lo que contaremos ahora ahora cruza una línea completamente distinta: la financiación internacional.
Y no hablamos de rumores.
Hablamos de lo que ha declarado Víctor de Aldama ante el Tribunal Supremo.
Según su relato, la supuesta trama no se limitaba a España. Saltaba directamente a Venezuela.
Y aquí aparece un nombre clave: Juan Guaidó.
Aldama sostiene que Guaidó se ofreció a financiar operaciones vinculadas al entorno de Sánchez utilizando petróleo venezolano, a través de la empresa estatal PDVSA.
El objetivo, siempre según esa declaración:
impulsar el ascenso de Pedro Sánchez dentro de la Internacional Socialista.
Esto no es un detalle menor.
Estamos hablando de una estructura de poder internacional, no de política doméstica.
El esquema que describe encaja como un puzzle incómodo:
Primero, el reconocimiento político.
España acaba reconociendo a Guaidó como presidente interino en 2019, en línea con gran parte del bloque occidental.
Después, el movimiento estratégico.
Contactos, reuniones, intermediarios.
Y finalmente, el incentivo:
financiación a cambio de apoyo político.
Pero aquí no termina la historia.
Porque Aldama introduce un giro aún más delicado:
no solo Guaidó habría estado implicado. También Delcy Rodríguez.
Es decir, según ese relato, los dos lados del conflicto venezolano habrían participado en operaciones vinculadas a financiación política en España.
Esto cambia completamente el tablero.
Ya no es una cuestión ideológica.
Es una cuestión de intereses.
De dinero.
De poder.
El episodio del llamado Delcygate encaja entonces bajo otra luz:
la visita de la vicepresidenta venezolana a Barajas, pese a tener prohibida la entrada en la Unión Europea, podría haber tenido un objetivo mucho más concreto del que se explicó en su momento.
Según esas mismas declaraciones, incluso se habría hablado de transferencias, barriles de petróleo y estructuras financieras internacionales para canalizar fondos.
Ahora bien, volvamos al punto clave que no se puede ignorar:
todo esto procede de la declaración de un investigado.
Y, como ya sabemos, no ha sido corroborado con pruebas concluyentes.
El propio Gobierno lo niega tajantemente y sostiene que se trata de acusaciones sin fundamento.
Pero hay algo que ya no se puede deshacer:
la sospecha ha entrado en el terreno internacional.
Y eso cambia las reglas del juego.
Porque si una parte de este relato se confirmara,
no estaríamos ante un caso de corrupción nacional.
Estaríamos ante algo mucho más grande:
la utilización de recursos de un país extranjero para influir en el poder político europeo.
Y ahí, el problema deja de ser interno.
Pasa a ser geopolítico.
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