¿Por qué se puso al servicio del Papa un avión antiguo y en revisión?
La visita del Papa León XIV a España fue, en líneas generales, un éxito. Más de 15.000 efectivos entre Policía Nacional y Guardia Civil velaron por la seguridad de una visita especialmente sensible. Todo salió bien… hasta que llegó el momento del regreso.
Lo ocurrido en Tenerife no puede despacharse como una simple anécdota.
Minutos antes del despegue, el avión asignado al Pontífice sufrió una avería que obligó a modificar los planes. Incluso el rey Felipe VI llegó a subir al aparato antes de que se detectara el problema. Finalmente, el Papa tuvo que abandonar España utilizando un Falcon oficial.
Desde entonces, el silencio.
Ni el Gobierno ha dado explicaciones convincentes ni Iberia ha emitido un informe técnico que permita conocer con exactitud qué sucedió.
Primero se habló del viento. Después, de un fallo en uno de los motores. Pero las preguntas siguen ahí.
Porque lo realmente sorprendente es descubrir que el Gobierno decidió asignar al Santo Padre un Airbus A320 con trece años de antigüedad, matrícula EC-LXQ, cuando Iberia dispone de aeronaves mucho más modernas y con tecnología de última generación.
Y aún hay más.
Ese avión figura entre las aeronaves sometidas a vigilancia especial tras los problemas detectados en distintos Airbus 320 después de un incidente ocurrido en noviembre de 2025. Airbus obligó entonces a revisar miles de aparatos y a sustituir sistemas informáticos en centenares de ellos.
Precisamente, el avión utilizado por el Papa fue uno de esos aparatos.
La pregunta es inevitable.
¿Por qué no se eligió uno de los modelos más modernos de Iberia, como los Airbus A321 o A350?
La decisión correspondía al Gobierno y, concretamente, al Ministerio de Transportes.
Lo sucedido exige una investigación rigurosa.
Porque no estamos hablando de una avería cualquiera. Estamos hablando del avión utilizado por el jefe de la Iglesia católica durante una visita oficial a España.
No puede taparse. No puede olvidarse.
Y tampoco puede normalizarse que la improvisación y la chapuza sigan siendo la seña de identidad de quienes tienen la responsabilidad de gestionar asuntos de esta importancia.
Porque mañana, el pasajero podría ser cualquiera de nosotros.
Y entonces las consecuencias podrían ser mucho más graves.
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