El absentismo laboral en España: la epidemia silenciosa que nos está devorando

Un consultorio médico moderno con un psicólogo de mediana edad conversando seriamente con un joven de unos 20-25 años, quien parece absorto en sus pensamientos. La luz es tenue y el ambiente sugiere introspección.
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El debate sobre el absentismo laboral, más allá de las tonterías que unos y otros se empeñan en decir, es un problema real y sangrante en España. No hablamos de autónomos, que esos, si no trabajan, no cobran. Hablamos de otra pasta, de gente que puede estar meses, a veces semanas, sin ir a trabajar. Y las cifras son escalofriantes: 1.24 millones de personas de baja al día en España. Esto no es normal. Algo falla, y falla gravemente.

Las largas esperas y los problemas físicos: una primera capa del problema

Uno de los puntos críticos que muchos trabajadores sufren es la lentitud desesperante de nuestro sistema sanitario público. Alejandra y Ricardo nos lo recuerdan: muchas empresas tienen empleados que, tras 20 o 25 años en cadenas de producción, sufren problemas físicos graves, como cervicales o lumbares. Cuando acuden a la Seguridad Social, la realidad es demoledora: te tardan 8 meses, 9 meses o incluso un año en hacer las pruebas necesarias. Es en este punto donde la baja laboral se alarga, no por capricho del trabajador, sino por la incapacidad del sistema para diagnosticar y tratar a tiempo. Culpar a todos por igual es injusto, es pagar a justos por pecadores.

Claro que hay bajas justificadas. Cuando un médico da una baja, por algo será. No se puede generalizar y decir que todos los trabajadores de baja son unos defraudadores, de la misma manera que no generalizamos diciendo que todos los empresarios son unos ladrones o todos los políticos unos chorizos. Pero, insisto, 1.24 millones de personas de baja al día en España es una cifra que nos obliga a mirar más allá.

La salud mental: la caja de Pandora post-pandemia

Aquí entramos en un terreno mucho más pantanoso y complejo: los problemas psicológicos indetectables. Todos conocemos casos de funcionarios, y no funcionarios, con bajas eternas por problemas de salud mental. Le preguntaba a Robert, nuestro psicólogo, si realmente hay cosas que no se pueden detectar. Y la respuesta es clara: sí. ¿Cómo se detecta una depresión? ¿De qué manera? Las causas pueden ser externas, un problema familiar, no necesariamente relacionado con el trabajo.

Los problemas de salud mental son ahora mismo la gran incógnita, el gran reto. En el momento en que intentas investigar, chocas contra la legalidad, contra la Ley de Protección de Datos, contra la intimidad. Si preguntas demasiado, la persona se siente revictimizada. El propio Robert, que trabaja en psicología del trabajo y en bajas laborales, lo confirma: desde la pandemia, la caja de Pandora se abrió. La psicopatología laboral, y sobre todo el absentismo laboral vinculado a problemas de salud mental, estalló literalmente.

El impacto generacional: cuando la familia y la sociedad fallan

Pero a esto hay que añadirle un elemento crucial: cómo se están formando las generaciones nacidas después del año 2000. Las estructuras familiares han cambiado drásticamente. No olvidemos que estamos llegando a que el 50% de los matrimonios con niños pequeños finalizan en separación. Esos niños, muchas veces instrumentalizados en separaciones conflictivas, crecen sin la posibilidad de construir relaciones que no sean instrumentales. Este aprendizaje de una relación instrumental se lo llevan después a sus relaciones interpersonales y, por supuesto, a sus relaciones laborales.

Estos jóvenes tienen prácticamente asumido y normalizado el problema de la salud mental, el hecho de ir al psicólogo. No es que no lo necesiten, pero tienen otra manera de actuar. A ti o a mí, en una profesión liberal, se nos puede ocurrir tener un mal día, un bajón o una mala época, pero no se nos pasaría por la cabeza pedir una baja. Primero, porque no cobramos si no trabajamos, y segundo, porque no tenemos la costumbre. Esa nueva generación sí tiene costumbre y sí lo haría. No decimos que no lo necesiten, decimos que tienen otra manera de actuar.

La desilusión y la destrucción del compromiso

Vendala incide en otro factor importantísimo: la desilusión, la decepción. El mal ejemplo que se está dando en la sociedad, la corrupción, la falta de reconocimiento. ¿Para qué trabajar si resulta que el chorizo de turno se lo está llevando todo? Se genera una falta de reconocimiento, de estima, de ilusión por el bien hacer. Las relaciones laborales se enrarecen, la gente desconfía y entonces opta por el ‘escaqueo’. Hoy me quedo en casa porque tengo tos, mañana también. Es una sociedad que sufre constantemente porque ve lo que ocurre y se siente indefensa. No todos, lógicamente, pero una parte opta por esa vía.

Robert acierta de lleno al señalar la raíz de esta desesperanza: la progresiva destrucción de las relaciones básicas esenciales para construir confianza. Básicamente, la familia. La familia es el núcleo, la columna vertebral de la sociedad, donde aprendemos a establecer relaciones constructivas de confianza. Cuando la familia se rompe, cuando el 50% de los matrimonios con niños pequeños se disuelven, y esos niños son instrumentalizados, se les niega la posibilidad de construir relaciones no instrumentales. Esa sociedad desempoderada, desilusionada, no es capaz de construir relaciones basadas en la confianza. Y si esa confianza falta en el trabajo, el vínculo, el compromiso, la implicación, es mínima. A la primera de cambio, el empleado se va o, incluso, desaparece. Tengo amigos directores de recursos humanos que ya hablan de ‘ghosting’: la gente ni siquiera llama para decir que no viene a trabajar, simplemente desaparece.

Es un debate complejo, con múltiples capas. Desde las deficiencias de la Seguridad Social hasta los nuevos paradigmas generacionales y la erosión de los valores de compromiso. Ignorarlo es poner en riesgo el futuro de nuestro mercado laboral y, en última instancia, de nuestra sociedad.

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