«La civilización europea ha muerto y hay que combatir el relativismo, no todo es igual»
Hay frases que resumen una época. Durante el programa, el productor de cine José Luis Rancaño pronunció una de ellas: “La civilización europea ha muerto”.
Lo hizo al analizar los disturbios registrados en París tras la victoria del PSG en la final de la Champions League. Mientras gran parte de Europa observaba las celebraciones deportivas, las calles de la capital francesa se llenaban de incendios, altercados, enfrentamientos con la policía y centenares de detenidos.
Para Rancaño, lo sucedido no es un episodio aislado ni una simple consecuencia del fútbol. Es la manifestación visible de una crisis mucho más profunda.
Según explicó, la Europa que durante décadas fue presentada como una civilización avanzada, estable y segura está atravesando una profunda degradación social e institucional. Lo ocurrido en París sería únicamente uno de los muchos síntomas de ese proceso.
Pero la reflexión de Rancaño fue más allá de los disturbios.
A su juicio, el principal problema de nuestro tiempo es el avance del relativismo, una idea que considera especialmente destructiva porque lleva a aceptar que todas las opiniones, valores y principios tienen el mismo peso moral.
“No todo es igual”, vino a defender durante su intervención.
Rancaño sostiene que una sociedad sana necesita distinguir con claridad entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira, entre quienes respetan las normas y quienes las destruyen. Cuando esa diferencia desaparece, todo termina diluyéndose y las instituciones pierden la capacidad de defender principios sólidos.
En este contexto, recordó unas palabras que le transmitió el padre de un guardia civil asesinado por ETA y que, según explicó, le han acompañado desde entonces.
La idea era sencilla: con los delincuentes no se negocia ni se dialoga; se les detiene, se les juzga y, si corresponde, se les condena. Para Rancaño, ese principio debería aplicarse igualmente a quienes utilizan el poder político para vulnerar la ley o destruir las instituciones.
El productor considera que la batalla cultural de nuestro tiempo no es económica ni tecnológica. Es una batalla por los principios.
Una lucha para evitar que el relativismo convierta cualquier comportamiento en aceptable y cualquier idea en equivalente a su contraria.
Durante su intervención insistió en que Europa no podrá recuperarse mientras siga renunciando a defender los valores que durante siglos sostuvieron su identidad. Porque cuando una sociedad deja de creer en sus propios principios, termina dejando de creer en sí misma.
Quizá por eso su diagnóstico resulta tan contundente.
No habla de una crisis pasajera.
Habla de una civilización que corre el riesgo de olvidar quién es.
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