«Todas las agencias de verificación de noticias en España son del PSOE o de George Soros.”
Y hoy lo hemos puesto sobre la mesa con claridad.
Gabriel Araujo, perito informático, lo resumía sin rodeos:
“Todas las agencias de verificación de noticias en España son del PSOE o de George Soros.”
Una afirmación contundente. Incómoda. Pero que encaja con lo que estamos viendo cada día.
Porque el problema ya no es solo qué se cuenta.
El problema es quién decide qué es verdad y qué no lo es.
En España operan varias plataformas de verificación. Algunas vinculadas directamente al Estado. Otras, financiadas por estructuras internacionales. Pero el resultado, según lo expuesto, es siempre el mismo: un relato uniforme.
Un relato que no admite desviaciones.
Lo vemos con claridad en el tratamiento mediático de determinados líderes internacionales. No hay prácticamente ningún medio generalista que no ataque de forma constante a ciertas figuras, mientras otros quedan sistemáticamente protegidos.
Esto no ocurre por casualidad.
Según Araujo, existe una red de influencia donde fundaciones como las vinculadas a Soros juegan un papel clave en la financiación y orientación del discurso mediático.
Y aquí aparece el concepto clave: verificadores.
En teoría, su función es contrastar información.
En la práctica, lo que se plantea es otra cosa:
actúan como filtros ideológicos que validan o invalidan mensajes según encajen en un marco determinado.
El resultado es un efecto dominó.
Medios, tertulias, redes sociales… todos replican el mismo enfoque.
Y cuando eso ocurre, la opinión pública deja de formarse libremente.
Pasa a ser dirigida.
El propio Araujo lo explica con un ejemplo claro: incluso trabajadores de medios públicos han denunciado el sesgo evidente en programas informativos, señalando una inclinación constante en determinadas narrativas.
Y esto tiene consecuencias.
Porque cuando se construye un relato único, cuando se repite de forma sistemática, se genera un clima donde cualquier disidencia queda automáticamente deslegitimada.
No hace falta censurar.
Basta con etiquetar.
Y ahí entran en juego estas agencias:
deciden qué contenido es “verdadero”, cuál es “engañoso” y cuál debe ser ignorado.
El problema es evidente.
Si quien verifica no es neutral,
la verdad deja de ser un criterio objetivo y pasa a ser una herramienta de poder.
Y eso ya no es periodismo.
Es otra cosa.
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